Pese a que evidentes factores de opinión pública, publicada o reticulada (de redes) cercan al elector, la voz final de éste acaba imponiendo su última palabra en las urnas. En las de anteayer ratifica que el giro a la derecha en el mundo no conoce fronteras ni tamaños, sin que a la izquierda le valga solo concentrarse, pues sume o no sume aún queda lejos. Se trata de un fenómeno estructural de encogimiento, cuyos motivos más plausibles serían la escasa adaptación de los mensajes a las nuevas circunstancias, la dificultad de traducirlos al chisporroteo de la galaxia de las redes, y, en fin, los desmentidos de su práctica política (endogamia, incumplimientos, corrupción, etcétera). Quizás la izquierda, sin cambiar de principios, debería cambiar el modo de hacer política, recuperando su clásica función educadora, tomando tierra en la conciencia de la gente, no solo en el poder.