Trump quiere quedarse con Cuba y no va a parar hasta acabar con el último símbolo comunista de América Latina

El presidente de EEUU está buscando doblegar al Gobierno cubano a través de una asfixia energética y económica con terribles consecuencias humanas denunciadas por Naciones Unidas Cuba no es Venezuela. No tiene petróleo, ni grandes recursos naturales. Es una pequeña isla, de menos de 10 millones de habitantes, en medio del Caribe. Cuba tampoco es Irán, nunca imaginó ni acarició tener armas nucleares. Si acaso, algún misil para tener a tiro a EEUU de la misma manera que EEUU siempre ha tenido a tiro a Cuba, y como mecanismo disuasorio tras la fracasada invasión de Playa Girón, de abril de 1961, hace ahora 65 años. Pero aquel intento de Fidel Castro de reforzar su armamento se frustró en 1962 durante la llamada crisis de los misiles, que representó uno de los momentos más tensos de la Guerra Fría. Terminó sin misiles en Cuba, pero EEUU también tuvo que retirar los suyos de Turquía. Hay un museo curioso en Washington DC, el International Spy Museum, que recoge y recrea diferentes operaciones de espionaje a lo largo de la historia. Y una de las que se relatan es precisamente la de Playa Girón, gestada, ideada y financiada desde EEUU por la CIA para tumbar al Gobierno de Fidel Castro. Exposición sobre la invasión de Playa Girón, en el International Spy Museum, el 7 de marzo de 2026. El Gobierno de Castro fue atacado desde el primer día por EEUU, mucho antes incluso de que fundara el Partido Comunista de Cuba, en 1965. Y tiene que ver con que fue un gobierno nacido de la victoria de una revolución, en 1959, tras seis años de lucha contra la dictadura, y sus banderas tenían mucho que ver con la emancipación de la tutela que ejercía EEUU sobre la isla a través del dictador Fulgencio Batista y de la explotación de sus recursos a través de empresas estadounidenses de forma directa o indirecta. Cuba ya había sido un protectorado de EEUU entre 1898, cuando dejó de ser colonia española, y 1902. Y Washington nunca ha dejado de querer tutelar una isla que se encuentra a 90 millas náuticas –unos 150 kilómetros–, y nunca aceptó que Cuba adoptara un camino independiente de EEUU: desde los primeros meses decretaron medidas de bloqueo que no han hecho más que endurecerse con el paso del tiempo: primero, con JFK en 1962 con un embargo comercial total; después, en 1996, con la ley Helms-Burton, que codifica el embargo en ley de manera que sólo pueda ser revertido por el Congreso y no el presidente; y ahora, con Donald Trump, un bloqueo energético que impide que el Estado cubano pueda recibir una sola gota de petróleo, abocando a sus casi 10 millones de habitantes a padecer una catástrofe humanitaria. “Gracias por playa Girón”, le dijo el Che Guevara a John Fitzgerald Kennedy en 1961: “Antes de la invasión, la revolución era débil. Ahora es más fuerte que nunca”. Exposición sobre la invasión de Playa Girón, en el International Spy Museum, el 7 de marzo de 2026. Después de 65 años de aquella invasión fracasada, planificada y financiada por la CIA, Cuba sigue siendo un objeto de deseo para la Administración estadounidense. La diferencia es que ahora Cuba no cuenta con la capacidad disuasoria de la URSS, ni con el petróleo barato venezolano, porque el Gobierno de Delcy Rodríguez, tutelado por Washington, no envía una sola gota de petróleo a Cuba, cuando Venezuela ha sido el principal suministrador de crudo de la isla. Pero tampoco envía una gota de petróleo México, el segundo suministrador, por miedo al castigo comercial de Trump después de amenazar con aranceles extraordinarios a cualquier país que suministre petróleo a Cuba. A pesar de que esa amenaza está contenida en una orden ejecutiva vacía por la sentencia del Tribunal Supremo contra los atajos arancelarios del presidente de EEUU, Claudia Sheinbaum no se atreve a enviar petróleo. Lo que sí hace México es mantener los envíos de ayuda humanitaria a un país que, sin petróleo, tiene el tejido productivo parado y no puede ni vender ni comprar nada. Cuba no puede ni vender ni comprar nada. Pero tampoco puede recoger las basuras, porque no hay combustible para los camiones, con lo que eso supone de enfermedades fruto de la insalubridad; ni realizar operaciones en los hospitales, porque no hay energía, quedando los quirófanos inservibles; o cocinar con otra cosa que no sea leña, con lo que eso supone para las enfermedades respiratorias. Tampoco puede facilitar combustible a los aviones que aterricen en la isla ni mantener los hoteles abiertos con ciertas condiciones, lo que hace que una de sus principales vías de ingresos, el turismo, haya desaparecido. De la misma manera, la presión estadounidense está llegando a extremos de que países latinoamericanos estén cortando los programas de cooperación con médicos cubanos, algo que también suponía una vía de ingresos para La Habana. “Sabemos lo que significa este embargo petrolero y lo que siempre ha significado, lo que siempre han significado las sanciones. Se trata de un cambio de régimen mediante el hambre. Eso es lo que intentan hacer”, decía este martes en Democracy Now Daniel Montero, periodista cubano de Belly of The Beast : “Y ahora mismo, con el bloqueo petrolero, la situación es peor que nunca. Como cubano, como residente de este país, donde vive toda mi familia, me resulta absolutamente indignante escuchar a Donald Trump y a la Administración estadounidense decir que intentan ayudar a Cuba, que intentan liberarla, porque no explican el precio que exigen. El camino para lograrlo es el sufrimiento del pueblo cubano, la muerte del pueblo cubano”. El propio secretario general de la ONU, António Guterres, advirtió de un “colapso humanitario” en Cuba hace un mes . Y más tarde ha hablado de “riesgos humanitarios agudos” , e incluso está en conversaciones con EEUU para que entre en Cuba “combustible con fines humanitarios” . Pero la Casa Blanca es inflexible. Y más aún cuando quien habla es el cubanoamericano que más lejos ha llegado en la Administración estadounidense, Marco Rubio, secretario de Estado de Trump: “Cuba tiene una economía que no funciona y un sistema político que no pueden arreglar. Así que tienen que cambiar drásticamente. Tienen que tomar decisiones importantes allí”. Y cuando se le pregunta por la responsabilidad del bloqueo estadounidense en la crisis humanitaria en Cuba, contesta: “El embargo está ligado al cambio político en la isla. El embargo está codificado. Pero la conclusión es que su economía no funciona. Es una economía disfuncional, que ha sobrevivido gracias a los subsidios de la Unión Soviética y ahora de Venezuela. Ya no reciben subsidios, así que tienen muchos problemas. Y los responsables no saben cómo solucionarlo. Así que tienen que poner a gente nueva al mando”. Es decir, EEUU mantendrá la presión hasta que caiga el Gobierno cubano. Llevan 67 años así, pero la situación ahora parece más crítica que nunca. Y así lo transmite Trump, quien este lunes afirmaba : “Creo que voy a tener el gran honor de ser quien tome el control de Cuba”. En efecto, porque Cuba es un símbolo, un fetiche de los presidentes estadounidenses desde hace 67 años, pero también un elemento fundamental de las batallas políticas y culturales que ha emprendido Trump en este mandato: Trump quiere pasar a la historia como el presidente que tumbó el chavismo y el castrismo. Y lo sabe, y le encanta. Esta Administración ha teorizado desde que llegó a la Casa Blanca hace poco más de un año que Donald Trump está actualizando la doctrina Monroe, rebautizada como Donroe, que viene a trasladar al siglo XXI las tesis de control teorizadas a principios del siglo XIX por el presidente Monroe de lo que ellos llaman el Hemisferio Occidental, conocido como continente americano por el resto del mundo. La doctina Monroe, reforzada por la teoría del Destino Manifiesto de finales del siglo XIX, aderezada con las ansias neoimperialistas de Donald Trump hasta el punto de amenazar con tomar Groenlandia, conduce a que el presidente de EEUU quiera intervenir en todos los procesos políticos posibles en Latinoamérica: desde soltar a un ex presidente hondureño condenado por narcotráfico para interferir en las elecciones del país, hasta condicionar un rescate a Argentina a un buen resultado de Javier Milei en las legislativas, hasta incluir en la lista de sancionados por narcoterrorismo al presidente colombiano, Gustavo Petro; o a secuestrar al venezolano, Nicolás Maduro; y asfixiar hasta lo imposible al pueblo cubano hasta que tenga que ceder, también, a la tutela estadounidense a cambio de una relajación del bloqueo... O crear una alianza militar con gobiernos afines, al margen de la OEA y cualquier organización multilateral existente para supuestas operaciones conjuntas contra el narcotráfico en América Latina. Así, por ejemplo, ya han empezado hace unas semanas con operaciones militares en Ecuador, y este martes el presidente de Colombia, Gustavo Petro, denunciaba bombardeos en suelo colombiano provenientes de Ecuador. Y todo esto a escasas semanas de la primera vuelta de las elecciones presidenciales en Colombia –31 de mayo–, a las que acude como favorito el candidato de la izquierda, Iván Cepeda, después de haber sido la principal fuerza en las legislativas recién celebradas. Trump asume que América Latina es su “patio trasero”, como dijo una vez su portavoz, Karoline Leavitt, quiere quedarse con Cuba y no va a parar hasta acabar con el último símbolo comunista de América Latina. “Sería un gran honor”, ha dicho esta semana. Y eso lo dice todo.