Para cerca de unas 2.000 personas en La Rioja, el COVID no ha terminado al dar negativo en la prueba. Meses o incluso años después del contagio, siguen arrastrando síntomas que impactan directamente en su vida. Se trata del COVID persistente, una afección que puede provocar desde cansancio extremo hasta problemas de concentración. En la región, la asociación Ariocop agrupa a unos 50 afectados, pero estima que la cifra real de casos es mucho mayor, con una idea en común: su vida ha cambiado por completo. Laura, una riojana de 45 años, es uno de estos casos. Su vida ha quedado truncada desde 2023, pasando de ser una activa profesional de la informática a vivir una realidad marcada por las secuelas. Entre los síntomas que sufre, destaca la niebla mental como uno de los peores, junto a fatiga extrema, asma, taquicardias, migrañas y desorientación. Estas dolencias la incapacitan para tareas cotidianas como hacer la cama o ducharse sin ayuda. La propia Laura nos describe la gravedad de su situación: "Se me olvidan muchísimo las cosas, no puedo conducir, porque si me pongo a conducir se me olvida que estoy conduciendo y me puedo quedar parada perfectamente". Explica que incluso tareas simples como orientarse con un mapa le provocan mareos. "Ahora ya puedo andar media horita a un paso bastante medio normal. Antes no podía, tenía que ir de banco en banco, sentándome", añade sobre su lenta y limitada recuperación. El impacto de la enfermedad también la ha golpeado en el ámbito laboral. Después de un año de baja, Laura relata que el tribunal médico la obligó a reincorporarse a su puesto. Incapaz de afrontar una jornada completa, la empresa no le renovó el contrato, lo que la sumió en una fuerte depresión y la obligó a volver a casa de sus padres para poder cuidar de su hija de 10 años. Laura incide en que su deseo pasa por ser autosuficiente. "Ando buscando trabajo, pero claro, cuando vas y dices en qué situación estás, porque me gusta ir con la verdad por delante, me están cerrando muchísimas puertas", lamenta. Pese a todo, su mensaje es claro: "No quiero ayudas, yo lo que quiero es trabajar, si son 6 horas, pues bueno, 6 horas, pero quiero sentirme útil". El caso de Laura no es único. Carmen, logroñesa de 54 años, también ha visto cómo su vida se ha transformado por completo. Tras una segunda infección en octubre de 2024 que pareció un simple resfriado, su día a día se redujo a una rutina agotadora. Ella misma lo resume de forma contundente: "Mi vida se convirtió en ir del trabajo al sofá, del sofá a la cama y de la cama al trabajo". Los síntomas de Carmen son variados y debilitantes. Padece graves secuelas cognitivas, como falta de atención y pérdida de memoria a corto plazo, que le impiden realizar tareas como leer o cocinar sin riesgo. "Pongo una cazuela en el fuego y me la puedo dejar olvidada", ejemplifica. A esto se suman problemas de visión y una fatiga extrema que la castiga duramente. Cualquier sobreesfuerzo, por pequeño que sea, tiene graves consecuencias. "Si ese día estoy un poquito mejor y me esfuerzo, ese sobre esfuerzo te puede costar reponerte entre 2 y 3 días", explica Carmen. A sus 54 años, siente que su calidad de vida es como la de una persona de 80 años, como si hubiera envejecido de golpe. Desde Ariocop recuerdan que la enfermedad, con más de 200 síntomas descritos, no es contagiosa y se manifiesta de forma muy variable en cada paciente. La principal reivindicación de la asociación es la creación de una unidad multidisciplinar en el Servicio Riojano de Salud. El objetivo es que profesionales de cardiología, neumología o neurología trabajen de forma coordinada para apoyar al doctor Blanco, el especialista en enfermedades infecciosas que actualmente trata todos los casos en La Rioja. Mientras tanto, los pacientes intentan adaptarse a una nueva realidad en la que el cuerpo marca los límites. No están hospitalizados, pero tampoco recuperados; viven en un punto intermedio en el que cada día depende de cómo responda su organismo, un calvario diario sin una solución clara a la vista.