En tauromaquia, los tres avisos suponen la devolución del morlaco vivo y coleando al corral para acabar sus días en un triste matadero cual anciana vaca lechera, para vergüenza y deshonor del torero, que ha sido incapaz de cumplir con la función que tenía asignada, que no era otra que sacrificar la res en un máximo de 15 minutos. Y, para que el rito se cumpla, hay que entrar a matar, aunque al maestro le entre una vertiginosa pájara ante la amenazante encornadura del astado. Por eso, cuando suena el primer aviso en un coso el matador acostumbra a ponerse nervioso.