Aunque se trata del recurso más sencillo, y sin duda el más antiguo, la insensatez no es la solución. Al menos, no siempre. De ser así, hace siglos que no habría problemas en el mundo, ni políticos, ni sentimentales, ni filosóficos, porque si algo no ha faltado nunca son insensateces, y gente atrevida que ante un embrollo colosal, y tras muchos intentos fallidos, se viene arriba, dice ya está bien, no lo aguanto más, a la mierda, y empieza desbarrar, se sale por la tangente y la lía parda. Empieza a hacer idioteces, a ver si así. He dicho que se vienen arriba, pero en realidad y paralelamente también se vienen abajo. Y no me refiero sólo a gentes de escaso conocimiento y raciocinio, muy propensas a los arrebatos de insensatez, sino a intelectuales prestigiosos, premios Nobel, escritores clásicos, filósofos como Platón, Hegel o Sartre, incluso matemáticos y científicos que sobrepasados por la magnitud del problema, a menudo inventado por ellos mismos, sufren un ataque de insensatez y lo resuelven a lo loco. A patadas. Convencidos de que donde no llega la razón, llegará la sinrazón.