Leí hace días, en una entrevista, esta frase del escritor Manuel Langares: «Franco es una manera de ser y de pensar; y sigue vigente, como la mesa camilla». Es una frase brillante, pero Franco no pensó mucho, su pensamiento era en extremo vulgar, tomó de aquí y de allá los materiales que en cada momento vió más oportunos para perpetuarse en un poder que acumuló mediante la violencia extrema. Esos materiales (religión, patria, rey absoluto -él-, sobre todo), pertenecientes al acervo de la tradición española más conservadora, cementada con intereses dominantes, se sintieron agredidos por una mezcla de reforma y revolución -ésta no exenta tampoco de violencia- y encontraron en él un líder (un caudillo) para combatirlas. Él, temeroso siempre de una reviviscencia, añadió su voluntad personal de erradicarlas (o sea, arrancarlas de raíz), labor en la que mostro indudable y triste talento.