El buque ruso Arctic Metagaz, atacado y abandonado con toneladas de gas y diésel, sigue a la deriva en el Mediterráneo central —cerca de Italia, Malta y Libia— convertido en una auténtica bomba de relojería. Pero lo que ya es una amenaza de catástrofe ambiental a gran escala también ha mutado en un laberinto diplomático y burocrático. Nadie parece dispuesto a aproximarse, ante el riesgo de una explosión, el alto coste de la operación y el embrollo jurídico de su bandera —perteneciente a un país sancionado—, lo que enturbia la cuestión de quién debe asumir la responsabilidad de asegurar la carga.