El Reino Unido no solo inventó el ferrocarril moderno: también ha hecho de su conservación una política cultural y social que, además, le ha generado un retorno económico. Locomotoras de vapor, estaciones históricas, puentes metálicos y material rodante que en otros países acabarían desguazados se mantienen operativos, restaurados o musealizados, integrados en rutas turísticas, pequeños negocios o proyectos comunitarios que movilizan a miles de voluntarios.