BOLETÍN | El incendio y el acelerante

Suscríbete - Te enviamos el boletín de Cultura todos los viernes si te suscribes de forma gratuita en este enlace Paja por el suelo junto a bombonas de butano y cuadros eléctricos y cableado montado de forma precaria, bajo revestimientos de madera o numeroso material de plástico. Todo ello en un espacio sin sistema de alarma antiincendios conectado a una central, y por el que pasan a diario cientos de personas y animales. Si has visto la película Llamaradas o te gusta Chicago Fire , podrías pensar que la escena es lo típico que se ve en muchas películas, en las que hay incendios devastadores por accidente o provocados. Pero no es una película. Y, aunque afortunadamente no haya ocurrido nada, esta estampa es la que ha ofrecido, durante años, las Caballerizas Reales de Córdoba , un monumento nacional, un edificio patrimonial de titularidad pública, un inmueble singular. Junto a la Escuela Española de Equitación de Viena, no hay otro edificio ecuestre en un Casco Histórico Patrimonio de la Humanidad en el mundo. Un edificio que, además, alberga un pasado ligado a un incendio devastador. Fue en 1734 y redujo casi a cenizas este espacio, que tuvo que reconstruirse casi por completo (este finde te lo contamos con más detalle). Hace un par de años, tras década y media de faroles y promesas que no valen nada en estas cuatro paredes, el Ayuntamiento se lo compró al Ministerio de Defensa por algo más de cinco millones de euros. Su plan era y sigue siendo cedérselo por varias décadas a Córdoba Ecuestre, la asociación que lleva gestionando - “ocupando”, según la intervención - este espacio desde 2010. Dato: lo hace sin pagar un canon anual por su uso. Y eso que ha llegado a vender más de 60.000 entradas anuales de su espectáculo nocturno (el último registro conocido es de 2019). Es decir, ha llegado a ingresar más de un millón de euros solo por Pasión y duende del Caballo Andaluz. Paradójicamente, el informe de los bomberos que ha descubierto el tremendo agujero de seguridad que había en Caballerizas Reales es probable que actúe como acelerante de la concesión. Es hoy más que posible que el demoledor informe, en vez de abrir un debate sobre si esta asociación es la más competente para gestionarlo en el futuro, se use para acelerar el expediente para que se le ceda de forma oficial durante los próximos cuarenta o cincuenta años. Eso significaría que cada cordobés habrá aportado 15 euritos para comprar un edificio patrimonial y que se lo quede una asociación que, a juicio de los bomberos, no se ha preocupado demasiado por su seguridad y preservación, pese a que ha estado obteniendo enormes beneficios de su uso. Convengamos que es difícil contener la risa (o el llanto, va por barrios) pensando que el mismo Ayuntamiento que montó una oficina para combatir la inquiocupación va a premiar con 50 años más de uso a una asociación que monta bares y fiestas sin licencia, cobra entrada sin permiso y permite que las bombonas de butano convivan con kilos de paja y madera en edificios públicos. Points of Inaccessibility by Rafael Anton Irisarri En loop Antes de que llegue la Semana Santa, y las ciudades se conviertan en un escaparate, vengo con un remedio sonoro frente al torrente de información (desinformación) y estímulos (anzuelos) contemporáneo. Points of Inaccessibility nace del encuentro entre el compositor Rafael Anton Irisarri y el artista multimedia Jaco Schilp en MUTEK. A partir de un paisaje sonoro hecho de guitarras procesadas y capas en bucle, Irisarri ha creado una nueva obra maestra en la que lo orgánico y lo digital conviven en paz. El álbum explora la paradoja de la hiperconectividad contemporánea: cuanto más densas son las redes, más profunda puede ser la sensación de aislamiento. A través de sus cuatro movimientos, Points of Inaccessibility propone una escucha en la que memoria, señal y ruido se entrelazan, con momentos especialmente evocadores como la aparición vocal de Karen Vogt. El resultado es un trabajo hipnótico y cambiante, que reflexiona sobre la imposibilidad de una conexión plena en entornos mediados por algoritmos, y que convierte esa distancia en materia sonora. Lo dicho: un bálsamo.