Enrico Ianniello pone en el escenario el ' Pinocchio ' de Carlo Collodi, lectura de los educandos italianos junto al 'Corazón' de Edmundo d'Amicis. Representar un cuento adaptado en tantas ocasiones -de Walt Disney a Roberto Benigni - es asumir el reto del 'spoiler'. Pero Ianniello matiza su versión con el subtítulo de 'El espectáculo de la paternidad'. El carpintero Geppetto talla una marioneta «que sepa, sobre todo, bailar» y le llama Pinocchio. Quiere paliar su miseria cuidando a esa criatura que huele a resina. Pero la marioneta se escapa a ver mundo. El montaje de Iannello condensa las peripecias de Pinocchio. Pega una pedrada al grillo que le canta las verdades; se quema los pies en el caldero; malvende la gorra, la camisa y los zapatos que le fabricó ese padre que se vendió la chaqueta para comprar el Abecedario escolar; se gasta el dinero en el Teatro de Marionetas; se deja embaucar por el Gato-Zorro y pierde las monedas de oro que el titiritero le dio para su padre; le crece la nariz por mentiroso; se escapa con un compañero de escuela al País de los Juguetes y ambos acaban convertidos en burros… Y de ahí al circo y al mar. En una perfecta conjunción con un Moreno Bernardi que 'articula' su gestualidad en un convincente Pinocchio, Ianniello destila en hora y cuarto los treinta y seis capítulos de Collodi. Un suelo de ropa vieja presidido por la pantalla de un cine desvencijado: secuencias de 'Los cuatrocientos golpes', 'Sunset Boulevard', 'Roma città aperta', o 'Al final de la escapada', entre otras cintas memorables. El director y adaptador consigue el objetivo anunciado. El Pinocchio al que le crece la nariz, el que siempre identificamos, solo ocupa segundos de esta adaptación, que recoge los frutos agraces de la paternidad. El hijo que prefiere la diversión a la escuela y la irresponsabilidad al deber… Conviene recordar que en la primera edición de Collodi, el títere díscolo acababa ahorcado; trágico colofón dulcificado en la posteridad por la del muñeco que se convierte en niño de carne y hueso. Iannello adopta este desenlace, sin obviar el regusto amargo de la fábula moral que escuece y cura.