Biel Massot tiene la amabilidad de invitarme de vez en cuando a su casa de Pòrtol para unos dinarets deliciosos. Hace poco coincidí allí con varios amigos y la conversación se fue, sorprendentemente, hacia las cartas astrales. La última vez que hablé de astrología fue con el artista Juli Ramis, y ya hace mucho de eso. Juli me dijo que se hacía la carta astral cada mañana y que fue así como se salvó de un accidente aéreo en Tánger. Cuando se encontraba a pie de escalerilla, dijo que no embarcaba porque sabía que iba a sufrir un percance, y no iba a ser en el avión. De vuelta a casa, tuvo un leve accidente de tráfico y respiró tranquilo, pero su avión cayó al despegar. Eso explicaba. En la casa de Biel supe que hay personas que también se hacen sus propias cartas astrales o las piden a la inteligencia artificial, que las personaliza y las elabora gratis en un plis-plas. Basta darle los parámetros exactos del día, hora y lugar de nacimiento. Me digo, entonces, que contra estos cálculos algorítmicos no pueden competir las gitanas quiromantes, las magas del tarot ni los horóscopos del periódico como los de la añorada Casandra. ¿O tal vez sí? Y como no lo sé, le detallo al ordenador mis coordenadas vitales y le pregunto: «¿Qué me pasará hoy?», y me responde: «Di una verdad importante pero con suavidad y no tomes decisiones impulsivas por la mañana». Pues vaya, yo me esperaba algo más concreto. ¿Tal vez necesita más datos para afinar mi futuro? ¿Debería dárselos? Tengo la impresión de que estoy intentando conectar la astrología con la psicología, el juego con la ciencia, es decir, al borde de un error de cálculo.