Esta es la selección que han hecho los críticos de ABC de los discos que se han publicado esta semana. La búsqueda del uruguayo de la peripecia intelectual jamás se ha convertido en un obstáculo para dar también con la tecla emocional. Para muestra, un botón. Un botón llamado 'Taracá'. «Taracá» hace el 'tambor chico' cuando repica a contratiempo —sin duda el mejor contratiempo de esta vida— pero también nos despierta y recuerda que hay que 'Tar acá' y ahora. Drexler desviste lentamente, de a sorbitos, los grandes temas de su trayectoria personal: el amor, la danza y el conocimiento. Se pregunta qué —o tal vez quién— nos entraremos tras pelar, capa a capa, la cebolla de la Inteligencia Artificial ('¿Hay alguien AI?' Reconozcámoslo, tampoco podemos decir que sea el mejor juego de palabras del disco). ¿Daremos con algo sintiente? ¿Se preguntará siquiera, este ente quién es? El cantautor también disecciona la historia de las distintas prohibiciones del baile y la música —algunas tan recientes como la incautación de cintas de casete de reggaeton en Puerto Rico en 1995— para recordarnos que el baile siempre se impone al burócrata del grillete fácil por lo que nos exhorta a bailar ante la duda. Mención especial merece 'Las palabras' que cierra el LP. Una oda a la precisión, a los matices, a los grises que nos ofrece el lenguaje para hacer la experiencia humana mejor. Para que nos entendamos mejor, compartamos mejor, nos queramos mejor. «La gente pasa, pero las palabras quedan / como una estela queda dando fe de un barco / así la huella en el barro evocará la rueda / como una flecha guarda la tensión del arco». Drexler tenía ante sí una labor titánica si lo que quería era alcanzar el nivel de su trabajo anterior, y si tal vez no llegue por muy poquito a cruzar el umbral de dicha hazaña, demuestra que en estado de relajación supera con creces al deportista medio de la tabla. Kim Gordon sigue cayendo para llegar más alto que nunca. El primer salto al vacío lo dio con su monumental trabajo anterior, 'The Collective', un álbum que recibió dos nominaciones a los Grammy (¡oh, milagro!) y con el que la ex de Sonic Youth optó por entrar en las arenas movedizas de lo impredecible para acabar en este nuevo trabajo bailando sobre ellas. No hay nostalgia en 'Play Me', que por suerte no camina a rebufo de la estela estilística de la banda madre, como Moore y Ranaldo. Gordon regresa dos años después con el mismo misterio, la misma mala hostia y esta nueva sobredosis de trap, grime, rap, trip hop o lo que demonios sea, y una primera mitad del álbum que suena casi perfecta con la intro homónima y temarracos como 'Girl With A Look', 'No Hands', 'Black Out' y 'Not Today'. A sus 72 años y casi cincuenta años de carrera, eso sí, Kim no juega a ser Raphael intentando conquistar a la piara 'indie' en el Sonorama de 2014. No hay postureo ni moderneo barato en su apuesta. Tampoco, marketing. Hace siete años, Mark Cunningham , compañero de generación en los días vibrantes de Nueva York a principios de los 80, dijo en ABC que «Sonic Youth sabía que no podía cambiar mucho si quería seguir en lo más alto». No creo que se refiriera a Kim Gordon. Eric Cantona puede hacer lo que le dé la gana. Pasan los años, pero mantiene su magnetismo para atraer a las marcas más cotizadas -por ahí anda el Ford Capti que le hicieron a medida el pasado mayo-, organizar revuelos políticos o, simplemente, llamar la atención a grito pelado, ahora con un disco casi profesional, definitivo paso al frente de quien durante la pandemia probó sonido de forma casera. Cantona militaba en el Manchester United cuando la ciudad inglesa se convirtió en un Madchester de frenesí guitarrero y sintético, y tiempo tuvo de empaparse de un sonido que retumbó dentro y fuera del Reino Unido. Este 'Perfect Imperfection', sin embargo, sacrifica la memoria musical de aquellos años y aquellos clubes para ir más atrás en el tiempo, hasta la época en la que Gainsbourg coqueteaba con sus coristas. No tiene el exfutbolistas voz para cantar, pero sí para interpretar el papel de un galán que seduce con una gravedad vocal y un fraseo afrancesado con los que salva los muebles de su primera producción, más que respetables. Piezas como 'Droigts', 'Les Déchirures' o 'Que Je Travestis' son patadones al conformismo, jugadas maestras de quien se niega a envejecer. A estas alturas, lo de los Black Crowes no es revival: es resistencia. 'A Pound of Feathers' suena como si el calendario se hubiera quedado atascado entre la época dorada del rock y una resaca eterna. Bendito atasco. Los Robinson firman un disco que entra solo y deja poso. Hay rock de carretera, sí, pero también grietas: detrás del desfase asoma el cansancio, la factura emocional, el «todo bien» que no cuela del todo. Lo interesante es que nunca se ponen intensitos (aunque lo intentan en temas como 'Pharmacy Chronicles', balada sureña que, en realidad, mola todo). Ironía, descaro y ese punto macarra que convierte lo previsible en disfrutable son la clave. Y cuando pisan terreno más oscuro, lo hacen sin solemnidad, como quien te confiesa algo a las cuatro de la mañana. Te lo ves venir pero puede que te mole mucho. Quizá no cambien el rumbo del género, pero tampoco van a pedir permiso. Siguen a lo suyo, y eso –en 2026– ya es casi revolucionario. Riffazos, puro rock and roll y jefazos. What else.