El eco de tus manos

Cuando muere un padre, y te toca ser hija de alguien tan querido en esta ciudad, el duelo personal se solapa con la pena colectiva; y en lo más íntimo se abre una fractura que parece anunciar que ya nada volverá a ser igual ni yo volveré a ser la misma. Sabía que se acercaba el momento, estaba enfermo y antes o después llegaría la despedida. Creía estar, de algún modo, preparada. Pero como mi padre era una persona extraordinaria, a pesar del diagnóstico médico, sorteaba con normalidad cada barrera y nos convencía, a su manera, de que por ahora vencería a ese inquilino inesperado que le sobrevino hace ya dos años y que en verdad era letal.