No hace falta exagerar los hechos para llegar a una conclusión incómoda. Basta con enumerarlos. Una escuela bombardeada en Minab. Una universidad atacada en Beirut. Un centro de salud arrasado en el sur de Líbano con doce sanitarios muertos. Más de un millón de desplazados libaneses y un discurso cada vez más abierto contra su regreso. Fósforo blanco sobre zonas habitadas. En Palestina, más de 72.000 muertos, entre ellos miles de niños; niños sepultados bajo edificios, niños alcanzados en refugios, niños muertos junto a sus padres en coches tiroteados, como los dos hermanos de 5 y 7 años asesinados con su familia. A eso se suma una población empujada al hambre, al colapso social y a una pobreza masiva que ya alcanza a una parte enorme de la sociedad palestina. Y, pese a todo, la reacción de buena parte de Occidente sigue oscilando entre la tibieza, el encubrimiento verbal y la justificación estratégica. Ese es el marco. No una sucesión de episodios aislados, sino una cadena de hechos que, puestos uno junto a otro, dibujan una forma de impunidad. La pauta se repite: primero llega el ataque, después la justificación, luego el matiz, el silencio o la corrección parcial, cuando ya hay muertos, infraestructuras civiles destruidas y un nuevo hecho consumado sobre el terreno. La cuestión no es solo lo que hacen Israel y Estados Unidos. La cuestión es todo lo que se les sigue consintiendo hacer. En el caso de Irán, el argumento central fue la amenaza nuclear. Estados Unidos e Israel atacaron bajo esa premisa. Se habló de una necesidad urgente, de una acción preventiva, de una operación supuestamente indispensable para evitar un peligro mayor. Pero con el paso de las semanas el propio Pentágono ha ido enfriando ese relato. Lo que se presentó como certeza ha dejado de sonar tan sólido. Y eso obliga a volver al punto de partida: si la justificación era que Irán tenía armas nucleares o estaba a punto de tenerlas, ¿por qué el discurso oficial estadounidense ya no sostiene esa acusación con la misma rotundidad? No es un detalle menor. Porque en medio quedan los bombardeos. Quedan los objetivos alcanzados. Queda el precedente de volver a usar la hipótesis de las armas de destrucción masiva, aunque esta vez se la envuelva en un lenguaje más técnico y más rápido. La diferencia es que ahora el cuestionamiento llega antes, cuando el daño ya está hecho pero el relato aún no se ha cerrado del todo. Hay además un elemento que vuelve todavía más endeble la coartada del error. Tanto Estados Unidos como Israel llevan años presentándose como las potencias con la tecnología militar más avanzada del mundo, con sistemas de inteligencia de máxima precisión, con capacidad de vigilancia total, con armamento quirúrgico y con una superioridad técnica que, según su propio relato, les permite localizar, seguir y eliminar objetivos concretos con una exactitud milimétrica. Si ese es el nivel de precisión del que presumen, resulta cada vez más difícil aceptar que la destrucción...