Antonio Agredano y esas manchas inoportunas: "Son el lenguaje de nuestras rutinas"

En una boda, por hacer una gracia, llevarla sin darte cuenta... las manchas han sido las protagonistas de nuestros Fósforos y a las que Antonio Agredano les ha dedicado sus Crónicas Perplejas. Una de mis grandes frustraciones infantiles es que nadie paró nunca a mi madre en un supermercado para ofrecerle dos botes de detergente a cambio del suyo de toda la vida. Yo quería que ella, a diferencia de aquellas señoras reticentes, estiradas y de pelo cardado de los anuncios, aceptara la oferta. Incluso lo teníamos planeado. «No te preocupes, hijo –me dijo sonriendo, viendo mi preocupación con el tema-, que yo cojo los dos tambores de detergente sin pensármelo siquiera». Por muy mala publicidad que le den en la televisión, a veces las manchas son sólo recuerdos de lo vivido. Por eso hay manchas y manchas. La mancha de vino en la camisa a la mañana siguiente de una cena apasionada e inolvidable. El barro en la equipación de portero tras una victoria bajo la lluvia en el campo de albero del barrio rival. Los garabatos de rotulador en el jersey de mis hijos tras una tarde de risas y dibujos. Los salpicones de tomate que mi abuela tenía en el bambito después de hacerme un salmorejo en aquellas preciosas mañanas de verano que, tan de repente, se acabaron. Las manchas son el lenguaje de nuestras rutinas. Nuestras prendas son páginas por escribir. Al final del día, ahí llevamos las prisas y los excesos, la presión de los neumáticos, los charcos tras la lluvia, el almuerzo a toda prisa, la bondad de las palomas, el sudor, el maquillaje, los chicles que los adolescentes abandonan en los autobuses. De la vida no hay que salir impoluto. La vida mancha. Mancha la tela y nos mancha por dentro. Pero por no ensuciarse, no deberíamos dejar a los niños sin jugar. Hay que trepar a los árboles y revolcarse por el suelo y tocarlo todo. Que se derramen los zumos y las uñas adquieran su luto tras el parque. Los churretes en las mejillas y el pelo enmarañado. Porque luego están esas otras manchas que no salen nunca. Ahí, en el corazón, oscuras e inevitables. No hay solución para ellas, por más detergente que nos ofrezcan en el supermercado. Es el precio de vivir. Un puñado de lunares desiguales en el blanco paño de la memoria.