Sabido es que Granada es una tierra de acusados contrastes: tiene mar, pero también montañas de más de tres mil metros –las más altas de la península ibérica- tierras plagadas de olivares, almendros y viñedos, otras plagadas de frutales y, cerca de la costa, cultivos tropicales, incluido el café . Y a todo lo anterior se le suma un desierto. No está reconocido oficialmente como tal. El único desierto que se le asigna a Europa está cerca y es el de Tabernas, en la provincia de Almería. Pero cualquiera que haya visitado el Geoparque, una enorme extensión de 4.722 kilómetros cuadrados que se extiende por varias comarcas granadinas, se habrá llevado la impresión de que aquello no es otra cosa que un desierto. Un paisaje que encontrará muy parecido, si ha visto películas del Oeste –que seguro que sí, de lo abundantes que son es casi imposible que nadie se haya metido alguna entre pecho y espalda en la sobremesa- al de esos valles eternos que se ven en la pantalla, con esos recovecos que recuerdan los del Gran Cañón del Colorado , que parece que se adentre uno allí y le vayan a hacer una emboscada los enemigos. Otros comparan el Geoparque con la Capadocia turca y un tercer grupo de visitantes, seguramente el más amplio, dice que aquello, sencillamente, no tiene parangón, que no han visto nada igual, que han tenido la sensación de llegar al fin del mundo, a algún lugar en el que se acabara, donde no hubiera nada más allá del horizonte. Y no son terraplanistas, ojo, hablan en sentido figurado. Es fácil llevarse esa sensación si el primer contacto con el Geoparque se ha tenido en el que llaman Mirador del Fin del Mundo, ubicado en el término municipal de Beas de Guadix. Que es, a su vez, un pequeño pueblo que dista unos 50 minutos en coche desde la capital granadina. Casi todo el trayecto se hace en autovía hasta que llega el momento de desviarse a Purullena. Se pasa por allí, también por Marchal y pocos kilómetros después, se ha llegado al destino. Una vez en el promontorio que llaman Mirador del Fin del Mundo, algo que sólo se puede hacer a pie y tras ascender un kilómetro o así por una pista forestal, el panorama es sencillamente conmovedor. Al fondo se ven las cumbres de Sierra Nevada, que este año, con el tiempo que ha hecho, es probable que mantengan un penacho blanco en lo más alto. Pero no terminan ahí las bonitas sorpresas, hay mucho más y lo mejor, ahí, es cederle la palabra a expertos en la materia. En la web de TurGranada lo describen así: «Es el lugar perfecto para disfrutar de unas excelentes vistas de los desiertos y 'badlands' del Norte de la provincia de Granada. Con las cimas de Sierra Nevada al fondo, desde aquí se divisa gran parte del Valle del río Alhama, que engloba a todos los municipios situados a la derecha del río Fardes: Cortes y Graena, Beas, Marchal y Purullena.» «Los paisajes que ofrece esta zona permiten comprender la evolución geológica de toda la comarca: en un primer nivel, las montañas calizas de la Sierra de La Peza o Lugros en las zonas más altas; en un segundo nivel el Camarate, el bosque mejor conservado de Sierra Nevada, que se viste de mil colores en otoño; y, por último, los badlands formados por la erosión de la arcilla, con las Cárcavas de Marchal, declaradas Monumento Natural, como uno de sus referentes». Estando como está muy bien contado, lo mejor es ir y que luego cada cual saque sus conclusiones. Si se hace una puesta en común, se verá claro que los resultados son muy similares y que se repiten calificativos como «impresionante», «increíble» o «majestuoso». La impresión general es que no se ha visto nada parecido . Se trata de un lugar del que disfrutar sin prisas. Allí nunca se han llevado, ese paisaje tan agreste es el resultado de la erosión del terreno durante millones de años, así que lo mejor es ponerse en situación y adaptarse al ritmo pausado en el que discurren las cosas en la naturaleza. Sin que eso implique renunciar a actividades, claro. Por ejemplo, es factible recorrer el Geoparque desde arriba, en globo . Hay empresas especializadas en ofrecer un paseo de algo más de una hora de duración, un tiempo que permite descubrir los mil y un recovecos de la zona. También hay numerosos senderos para recorrerlos andando o en bici, y hasta se puede pasar un fin de semana durmiendo al raso y alimentándose de lo que se consiga sobre la marcha, que existe otra empresa que proporciona ese servicio. Culminado, eso sí, con un sabroso almuerzo el domingo al mediodía. Para compensar de las privaciones, ya se sabe. Si se va con tiempo, es más que aconsejable asomarse a Guadix, cabecera de la comarca donde está enclavada Beas. Son diez kilómetros, así que el viaje es más que asequible y la recompensa es un pueblo grande, bien equipado, con un patrimonio riquísimo , una catedral de auténtica categoría, casas-palacio bien conservadas, edificios de cinco siglos de antigüedad, la posibilidad de dormir en casas-cuevas y una gastronomía que dejará a todos satisfechos. Cosas que hacer no van a faltar. Y si por alguna razón no se encuentra algo muy dinámico, siempre queda el recurso de volver a mirar una y otra vez un paisaje mitad enigmático y mitad hipnótico, que hechiza y que invita a volver. Que es lo que pasa, por lo demás, con la inmensa mayoría de los paisajes que ofrece Granada.