La historia de la humanidad puede leerse también como la historia de su relación con el agua. Las primeras civilizaciones crecieron junto a ríos, manantiales y deltas porque allí donde había agua había vida, agricultura, comercio y posibilidades de futuro. Ese vínculo sigue intacto en pleno siglo XXI, aunque hoy adopta otra escala porque ya no se trata solo de estar cerca del recurso, sino de saber captarlo, potabilizarlo, distribuirlo, depurarlo y devolverlo al medio en condiciones seguras. En ese reto, cada vez más técnico y más global, empresas como Aqualia son actores claves capaces de garantizar que la calidad del servicio no dependa del mapa. Con motivo del Día Mundial del Agua, la compañía ha puesto cifras a esa ambición: actualmente presta servicios de abastecimiento y saneamiento a 44,9 millones de ciudadanos en 19 países de cuatro continentes. En 2025 produjo 1.157 millones de metros cúbicos de agua potable y gestionó 1.550 millones de metros cúbicos de agua residual depurada, una escala que da idea de la dimensión industrial, ambiental y social del ciclo urbano del agua cuando se opera a nivel internacional. Sostiene además que el acceso a agua y saneamiento de calidad sigue siendo «el primer peldaño» de la salud y el desarrollo, una idea especialmente potente en un contexto de estrés hídrico, envejecimiento de infraestructuras y presión climática creciente. Y para hacer frente a todo lo anterior, la eficencia es decisiva. Gestionar agua hoy no consiste únicamente en abrir y cerrar válvulas, sino que implica anticiparse a fugas, ajustar presiones, predecir picos de demanda, reducir consumos energéticos y tomar decisiones casi en tiempo real. Ahí es donde la digitalización gana protagonismo. Por ello Aqualia invirtió en 2025 más de 13,5 millones de euros en transformación digital y cerca de 50 millones en el último trienio. Esa inversión se canaliza a través de su ecosistema Aqualia Live, una plataforma basada en big data, computación en la nube y gestión inteligente, diseñada para integrar información operativa y mejorar la toma de decisiones. El objetivo es hacer más con menos agua, menos energía y menos margen de error. La inteligencia artificial y el análisis masivo de datos permiten detectar fugas de forma temprana, optimizar redes y prever la demanda. Es un salto importante, porque durante décadas buena parte de la gestión hídrica se apoyó en sistemas reactivos, es decir, que el problema se arreglaba cuando ya había sucedido. El nuevo modelo intenta justo lo contrario, adelantarse. Y en un país como España, donde las sequías son más frecuentes y las infraestructuras arrastran déficit de renovación, esa anticipación puede marcar una diferencia enorme. Una de las caras más visibles de esa digitalización está en los hogares. Aqualia cuenta con más de 855.000 contadores inteligentes, que permiten a los usuarios monitorizar su consumo en tiempo real. No es un detalle menor. La telelectura transforma la relación entre ciudadano y servicio ya que reduce errores, facilita avisos de consumos anómalos y convierte al usuario en parte activa de la eficiencia. En España, esta tendencia ya se deja notar a escala sectorial. Según el XVIII Estudio Nacional de Suministro de Agua Potable y Saneamiento de DAQUAS, la telelectura se ha triplicado en cuatro años y alcanza ya el 43% del parque de contadores, mientras el Agua No Registrada —que engloba pérdidas físicas, fraudes y errores de medición— ha caído a un mínimo histórico del 19%. Ahora bien, el propio avance tecnológico no acaba con el hecho de que la red siga envejeciendo más rápido de lo que se renueva. Y ahí aparece una de las grandes tensiones del agua urbana en España. Aqualia deja claro que hacen falta unos 350 millones de euros al año para atajar pérdidas reales y renovar infraestructuras, una cifra que también ha sido respaldada por DAQUAS en relación con el deterioro de las redes de abastecimiento. Sin embargo, el estudio señala que el déficit anual de inversión del sector del agua urbana asciende a 4.485 millones de euros y la tasa de renovación sigue lejos de los niveles necesarios para sostener el sistema a largo plazo. Es decir, la digitalización ayuda mucho, pero no sustituye la obra física pendiente bajo las calles. La otra gran pata de la transformación es la energía. El ciclo del agua consume mucha electricidad: captación, bombeo, potabilización, depuración y reutilización dependen de procesos intensivos. Por eso Aqualia apuesta por las fuentes renovables de las que en 2025 procedía el 44,76% de la energía consumida, una apuesta que avanza en la hoja de la compañía hacia la neutralidad climática en 2050, una meta coherente con su planificación de sostenibilidad y con una tendencia más amplia del sector a recortar emisiones sin comprometer la continuidad del servicio. El equilibrio entre escala global e impacto local es otro de los ejes importantes, para ello aplica estándares internacionales en sus zonas de operación y señala avances en certificaciones de calidad y medio ambiente en países como Francia, México y Colombia, además de acreditaciones técnicas en Arabia Saudí. Y en el plano social ha llevado a cabo más de 100 acciones en Colombia, acceso al agua en centros de vulnerabilidad en Georgia y el programa «Remando juntos» en República Checa. A eso suma mecanismos de bonos y tarifas sociales que benefician a más de 3,5 millones de personas en el mundo. En paralelo, la empresa destaca su colaboración con 42 universidades y 23 centros de investigación, una red que refuerza la idea de que la gestión del agua ya no puede abordarse solo desde la operación técnica. La innovación, la regulación, la financiación y la aceptación social forman parte del mismo tablero. En realidad, esa es probablemente la cuestión de fondo: el agua es un derecho, sí, pero convertir ese principio en servicio continuo, seguro y asequible requiere una mezcla muy concreta de inversión, tecnología y gobernanza. Por eso la expresión «no hay fronteras en la gestión del agua» funciona en dos direcciones. Por un lado, porque los estándares de calidad, eficiencia y saneamiento deberían ser comparables viva uno en una gran capital o en un municipio más pequeño. Por otro, porque los desafíos tampoco conocen fronteras: sequía, cambio climático, pérdidas en red, costes energéticos o desigualdad en el acceso son problemas compartidos por países muy distintos. La diferencia la marcan la capacidad de anticiparse y la voluntad de invertir a tiempo.