Somiedo, la huella del oso que un alcalde decidió seguir

La carretera se estrecha a medida que se avanza hacia Somiedo. Las curvas se encadenan, el paisaje se vuelve más denso, más profundo. Hay un momento —difícil de señalar en el mapa— en el que todo cambia. El ruido desaparece, la prisa deja de tener sentido y el territorio empieza a imponerse. Y es entonces cuando se entiende que Somiedo no es solo un lugar. Es un equilibrio. Y mantenerlo ha sido, durante décadas, una decisión. Belarmino Fernández, alcalde de Somiedo, lo sabe bien. Lo conocí con esa mezcla de cercanía y convicción de quien no necesita convencerte de nada, porque lo que cuenta ya ha pasado y él, con su empeño, ha sido uno de los grandes protagonistas. No necesita grandes discursos ni cifras espectaculares, le basta con recordar cómo era todo antes. Cómo eran los inviernos largos, el aislamiento y esa sensación de que el futuro estaba en otra parte. «Aquí la gente se iba», cuenta con naturalidad, como quien no quiere dramatizar algo que fue, durante años, una realidad constante. Porque Somiedo, como tantas otras zonas rurales de España vivió el éxodo de sus habitantes ante la falta de oportunidades, la dureza de vida en la montaña y el cambio de modelo económico Y entonces llegó una decisión que, en aquel momento, generó más dudas que certezas. En 1988, Somiedo fue declarado parque natural. Años después, en el 2000, ese reconocimiento se ampliaría con la declaración como Reserva de la Biosfera por la UNESCO. Hoy esas etiquetas suenan a prestigio, a éxito, a protección. Pero entonces eran, sobre todo, incógnitas. Porque proteger el territorio implicaba cambiar las reglas. Limitar usos, establecer normas, redefinir lo que se podía y lo que no se podía hacer. Y en un lugar donde la economía dependía directamente del monte y la ganadería, aquello no era una cuestión menor. No había garantías de que aquello fuera a funcionar. No había ejemplos cercanos que demostraran que conservar podía ser rentable. Solo había una intuición: que el valor estaba precisamente en lo que siempre había tenido este territorio. Su paisaje. Su biodiversidad. Su identidad. Y, entre todo eso, el oso. Durante décadas, el oso pardo cantábrico no fue un símbolo. Fue un problema. Un animal que podía atacar al ganado, que generaba conflictos, que se percibía como una amenaza directa a una forma de vida ya de por sí frágil. A finales de los años 80, su situación era crítica. Apenas quedaban entre 70 y 80 ejemplares en toda la Cordillera Cantábrica. Somiedo era parte de ese último refugio. Convivir con el oso no era fácil y hubo que hacer frente a los daños, al miedo y a la desconfianza. Pero con la creación del parque llegaron medidas de protección, compensaciones económicas y seguimiento científico. El oso dejó de ser únicamente un problema y empezó a convertirse en oportunidad. La serie documental Vidas protegidas muestra cómo Somiedo es uno de los ejemplos más claros de cómo la conservación bien gestionada puede transformar un territorio. Comenzó a atraer visitantes y no turistas al uso, sino personas interesadas en algo muy concreto: el paisaje, la fauna, la experiencia de un entorno que se mantenía auténtico. Surgieron casas rurales, pequeños alojamientos, empresas de turismo de naturaleza. El avistamiento de fauna —y, aunque sea difícil, la posibilidad de ver un oso— se convirtió en uno de los grandes atractivos. Pero no ha sido un crecimiento descontrolado. Y eso es clave. Somiedo no se convirtió en un destino masivo. No perdió su escala. El desarrollo se produjo de forma contenida, respetando los límites del territorio. Un modelo que encaja con las estrategias que promueven la red de espacios protegidos y organizaciones como Europarc, donde la conservación no se plantea como un freno, sino como la base de un desarrollo diferente. La web de Espacios Protegidos muestra todos esos lugares donde proteger no significa aislar, sino construir oportunidades desde lo que ya existe y desde la mirada de sus gentes. Somiedo es uno de ellos y los datos acompañan la historia. La población de oso pardo cantábrico, que estaba al borde de la desaparición, supera hoy los 350 ejemplares. El núcleo occidental, donde se encuentra este pueblo asturiano es el más importante. La recuperación es real, medible y sostenida en el tiempo. Pero más allá de la cifra, lo importante es lo que implica. El oso es una especie exigente. Necesita grandes extensiones de territorio bien conservado, tranquilidad, alimento y equilibrio. No sobrevive en cualquier lugar. Si está, es porque todo lo demás funciona. Su recuperación no es solo una historia ecológica, es una historia humana, una historia de cambio. Porque cuando el oso volvió a Somiedo, también lo hizo la vida. Ha llegado el momento de conocer la España protegida suscribiéndote al canal de Nuestros Espacios Protegidos . Descúbrela.