Lorenzo Silva, escritor, revela la historia del general que Franco no pudo salvar del fusilamiento: "En ese momento no contaron con Campins"

El escritor y colaborador de COPE, Lorenzo Silva, ha rescatado en su última novela, 'Con nadie', la historia del general Miguel Campins, un militar respetado que en julio de 1936 se negó a traicionar a la República. Como ha contado Silva en el programa 'La Tarde', la de Campins es la crónica de un hombre que, en medio de la división y el ruido, tomó un camino diferente, guiado por la lealtad y la conciencia, aunque le costara la vida. Miguel Campins no era un militar cualquiera. Lorenzo Silva lo describe como "un héroe en el sentido más convencional de la palabra", forjado en la dureza de la guerra de África, donde combatió de 1911 a 1927. Estuvo "siempre en primera línea" en episodios clave como el desembarco de Alhucemas, donde encabezó una de las oleadas. Su valor le hizo acumular ascensos y medallas. Pero, simultáneamente, era otro tipo de héroe, uno que interesaba a Silva tanto o más que el guerrero. Campins era un hombre culto que aprendió inglés, francés y árabe, y fue el verdadero artífice de la Academia General de Zaragoza. Esta faceta intelectual le llevó a una profunda convicción: el deber de un militar es también preservar vidas. "Llega a la conclusión de que un deber del militar, aparte de conquistar posiciones, es también preservar las vidas, preservar las vidas de los suyos y preservar también las vidas del enemigo, no derramar sangre inútilmente", ha explicado el autor. En julio de 1936, el destino sitúa a Campins en Granada, una plaza que apenas conocía. Allí se encontró completamente solo. Sus subordinados directos eran golpistas y le engañaron, pero las autoridades republicanas tampoco confiaron en él. "No le informa el ministro, ni le informa el gobernador civil, que es de izquierda republicana, y que le oculta información. [...] Le pincha el teléfono", detalla Silva. En ese clima de traición, Campins recibió la llamada de Queipo de Llano exigiéndole que se sublevara, a lo que se negó. Su postura no era ideológica, sino de pura conciencia y sentido del deber. Fiel a su palabra de lealtad a la República, su máxima era evitar un baño de sangre, pues sabía bien lo que era perder hombres. Él mismo escribió que aprendió a ser "en extremo avaro de la sangre de mis soldados". Gracias a su determinación, pactó con el gobernador civil para mantener la calma: ni los militares saldrían de los cuarteles ni se armaría a las milicias. Durante tres días, Granada fue una isla de paz mientras la violencia ya se había desatado en otras ciudades. La vida de Campins se cruzó varias veces con la de Francisco Franco. Coincidieron en combates en Marruecos y, de forma clave, en la Academia de Zaragoza, donde Franco fue director y Campins su subdirector y organizador intelectual. Según Silva, aunque no eran amigos, se respetaban, y Franco era consciente de que "sin Campins él no habría podido montar la academia". Esa deuda llevó a Franco a hacer algo que no hizo por nadie, ni por su propio primo: interceder por la vida de Campins. Tras su detención, Franco, que se encontraba en Sevilla, le escribió dos veces a Queipo de Llano para intentar salvarlo. Sin embargo, Queipo, que odiaba a Franco, rompió la primera carta y la segunda sin siquiera abrirla. Un mes después del alzamiento, el general Campins fue juzgado y fusilado por sus propios compañeros. La historia de Miguel Campins ha llegado a Lorenzo Silva a través de sus nietos, quienes le proporcionaron no solo la documentación oficial de su carrera, sino también la memoria familiar y personal. Gracias a ellos, el autor ha podido reconstruir no solo al militar, sino también al marido y al padre que, en sus últimos días, se enfrentó a una decisión imposible, consciente de que "cabalgar un tigre" era una acción con un final casi seguro.