Que ' Torrente, presidente' iba a dar que hablar era algo que ya nos maliciábamos. Lo hizo desde antes incluso de su estreno, cuando se filtraron algunas imágenes del rodaje y ya hubo quien se indignó. «Santiago Segura -decía entonces el usuario de Twitter @IgdePablo- hace una película de 'Torrente, presidente' basada en un presidente corrupto, putero y cocainómano y es tan vil y cobarde que no se atreve a hacerla con las siglas del PSOE (…) y lo hace con las siglas de VOX». El periodista Mario Noya escribía que «parece que Torrente es de Nox, no de la PSOEXXX». Incluso yo misma pensé que era abyecto, justo cuando íbamos conociendo, en goteo incesante, todos los asuntos relacionados con corrupción que salpicaban directamente al entorno más directo del presidente del gobierno. Otros, el propio Santiago Segura incluido y con toda razón, se lanzaron a recordarnos que era una comedia, una sátira, y que el personaje era ya conocido después de cinco entregas de la saga. Precisamente por eso, por unos atributos francamente despreciables, era fácil asimilar al personaje a una ideología próxima a una derecha muy extrema. Torrente, de existir en esta España actual, votaría a Vox. Y por eso, al no hacerlo más que en el universo Segura, se afilia a Nox. Víctor Egío, diputado de Podemos en Murcia, afirmaba entonces al respecto: «(…) Si llevan llorando todo el día por la nueva película de Torrente en la que caricaturiza al partido y a Santiago Abascal, cuando vean esto (un tuit de Segura de 2020 declarándose feminista y antifascista) lo queman en la hoguera». La extrema izquierda defendía a Torrente y bien defendido estaba. Parecía lógico, pues, que esta nueva entrega levantara suspicacias precisamente entre los que tuvieran más simpatías por la derecha, a la que se suponía que caricaturizaba, y que la jaleara y la aplaudiese esa otra parte del espectro ideológico que tan bien entendía que la sátira consiste, precisamente, en ridiculizar algo exagerando sus características hasta el esperpento. Y en ello es en lo que insiste su director, en que se trata de una 'fabulita' satírica, en que todo parecido con la realidad es… una putada. Y lo cierto es que tiene para todos, y ni siquiera en exceso. Quizá ese sea, precisamente el problema: que la película tiene para todos. Que no parodia únicamente a Vox y a Santiago Abascal, como podía parecer por aquel fotografma aislado y se apresuraba a señalar Egío, sino que también lo hace con Podemos, con Sumar, con el PSOE y el PP. Lo soprendente ha sido que, tal vez por eso, las críticas más furibundas y los golpes de pecho se hayan dado entre la izquierda y la ultraizquierda. Al crítico cinematográfico de La Ser, por ejemplo, la película le parecía «malísima» y afirmaba no haberse reído ni una sola vez, que todos sus diálogos y chistes son «de cuñado». Su sala estaba casi vacía y apenas escuchó alguna risa entre el respetable. Torrente, paradójicamente si atendemos a esto, ha sido el mejor estreno en España de los últimos 15 años y el cuarto mejor de la historia, en 72 horas había recaudado 7 millones de euros y el primer fin de semana rozaba el millón de espectadores. Santiago Segura, en plena promoción, afirmaba que hoy en día Torrente podría ser de izquierdas, cuando él lo veía encuadrado con la derecha más radical, rancia y casposa. «Si tiene alguna novedad la película -sostiene- es que Torrente tiene diálogos que podría haber dicho un político de una u otra tendencia. Y eso es inaudito». Entonces… ¿por qué a unos molesta y a otros no? Mientras desde la izquierda se sostiene con sospechosa recurrencia que «blanquea el fascismo» (gran acierto de Segura el apropiarse de la acusación y utilizarla como promoción), la derecha disfruta de la comedia y la celebra. Mientras Irene Montero compartía un vídeo exponiendo tuits de usuarios anónimos con sus opiniones sobre la película, ridiculizándolos y acusándolos de fachas, Abascal iba a ver la peli y escribía en X: «Pues sí, conviene reírse de vez en cuando. Y, sobre todo, siempre es bueno saber reírse de uno mismo». Pablo Echenique, por su parte, escribía que le había «dolido» que Santiago Segura no hubiese contado con él para hacer de él mismo y sí con Vito Quiles. «Te agradezco que me hayas puesto mucho más pelo del que tengo», añadía adjuntando un vídeo grabado en el cine y desvelando uno de los cameos. Las respuestas a su tuit eran muy ilustrativas: oscilaban entre los que defendían que Segura llamase a quien le diese la gana y que hubiese prescindido de políticos en activo, o le afeaban el haber grabado en el cine, y los que sostenían que el director está «con los casposos, los fascistas y demás gentuza» o que «cada día da más asco, es un reaccionario que se intenta camuflar sin demasiado éxito». Otra usuaria, junto a una foto del director, escribía: «Este indecente lava la imagen del acosador fascista Vito Quiles, además además de defraudar a Hacienda. Fuera de RTVE». Y otro: «si blanqueas el fascismo eres fascista». O «de la supuesta parodia ha pasado al blanqueamiento del fascismo». Por su parte, el filósofo Gregorio Luri afirmaba haber ido al cine creyendo que se «encontraría con el viejo pícaro hispano. Y así ha sido -escribe-. Como en las historias de pícaros, uno se queda con un regusto amargo, triste, incluso, porque aquí, como en el Lazarillo, la risa es el eco de un llanto». Todavía no tengo muy claro si estas reacciones en la izquierda se deben a que esperaban encontrarse con que los únicos ridiculizados eran los que no piensan como ellos, si es a que no están acostumbrados a que el humor también se haga hacia las cosas que ellos más respetan o si, simplemente, no saben (o no quieren) reírse de sí mismos. El caso es que los que celebran, entre carcajadas y aplausos, que alguien se suene la nariz con la bandera de España o convierta en vaquilla el Corazón de Jesús tienen serios problemas para reírse, en lugar de con la patria o la fe de los demás, con sus creencias más sagradas y sus más firmes convicciones y no con las que ellos desprecian. Quizá sea que el problema lo tienen con la distinción entre la realidad y la ficción, lo abstracto y lo concreto, el mundo de las ideas y el de la palpable realidad. Que no han entendido de qué va esto del humor. Y Santiago Segura , con su irreverente y desprejuiciado 'Torrente, presidente', ha pisado todas las líneas rojas. Pero las de todos, sin distinción. Solo que unos lo permiten, lo entienden y se han reído y lo han disfrutado y otros andan, llora que llora, como zarzamoras posmodernas, por los rincones (de las redes sociales). Desconozco si la intención de Segura, que es tío listo, era provocar estas reacciones y evidenciar hasta dónde llega la polarización en el momento actual. En el que ni siquiera la comedia, visto lo visto, queda a salvo de la interpretación ideológica y el posicionamiento moral. Al final, será complicado hacer sátira porque la realidad ya le hace al esperpento competencia desleal.