A primera hora del día 7 de noviembre de 2011 habíamos acudido mi mujer y yo al servicio de urología de la Arrixaca para conocer el resultado de una biopsia de próstata que me habían realizado unos días antes. A la hora programada y con total puntualidad, se oyó mi nombre en los altavoces de la sala de espera y entramos en un pequeño cuarto en el que nos esperaba el doctor Antonio Prieto. Sólo quienes han pasado por esa experiencia pueden hacerse una idea de lo importante, de lo trascendente que es ese momento de tu vida en el que te comunican que tienes cáncer, es decir, que ya estás, no solamente señalado, sino calentando en la banda para ‘salir a jugar’. Y aunque, lógicamente, también lo sientes, tampoco es propiamente el miedo lo que te coloniza en esos primeros instantes; es la perplejidad del zarpazo, es esa caída al vacío que se produce cuando descubres que la realidad no es tu sueño, cuando te hacen ver y hasta tocar, que tu vida, tu ser, tu identidad, tienen la misma consistencia que tiene una gota de agua cayendo al mar.