Román recuerda una infancia rodeada de instrumentos musicales, y para muestra, una bonita foto en la que un niño de no más de cuatro años sostiene un timple canario. La música es el lenguaje del alma que enseñamos en casa, o eso debía pensar la madre de mi invitado ante el potencial, o al menos la pasión que le ponía a esos artefactos, por lo que no dudó en llevarlo al conservatorio para que aprendiese a tocar la bandurria con apenas ocho añitos. Y a todos nos vino de maravilla, porque la bandurria no era lo suyo, pero ahí descubrió que, entre muchas pasiones, la guitarra sería una de las más importantes.