Me gusta el sol tranquilo del invierno. Así: después de haber llovido. Así: cuando baña las ramas mojadas y desnudas de los árboles. Así: cuando sale y arrambla con el gris y se lo lleva o lo borra. El sol resucitado. Ese calor fugaz que es casi un alimento. Ese fulgor limpio que emerge cuando las nubes se abren y el cielo recupera su azul de porcelana fría. El sol de cuando la luz más pura cae de pronto sobre el mundo y estalla con una especie de claridad casi eléctrica sobre el asfalto y las piedras y las aceras y los escaparates de las mercerías. Es tan hermoso el sol en los escaparates de las mercerías y de las tiendas de ropa.