Hace dos meses, por razones que no vienen al caso, tuve que asistir a una misa. Me produjo tal aburrimiento que recé para desmayarme y acabar en el hospital, en cuidados intensivos. Pero no hubo suerte. Las misas están, en el fondo, para eso, para ir una vez y no tener que ir nunca más hasta tu funeral. Curiosamente, el otro día vi a Trump rodeado de pastores evangélicos en la Casa Blanca, rezando en una especie de misma frecuencia de onda, y el espectáculo me pareció divertido. O chistoso. Me hizo recordar, además, un episodio que me refirió hace ya unos cuantos años mi amigo Xosé Luis Fortes, que deambulaba por las vacías calles de Outeiro de Laxe (Allariz) cuando se topó con una pequeña ermita. Esta le provocó intriga, así que se sometió al instinto de todo ser humano cuando ve una puerta medio cerrada: entrar.