Un buen día, siempre que te sientes guapo hace buen día, caí en la cuenta que las gafas visten tanto como la corbata abriga o que la capucha protege de los malos espíritus o que la gabardina es un personaje de Raymond Chandler. Así que, cuando estás en racha, te sientes Gregory Peck con las lentes y otro, maldita sea, la dueña de la pastelería de tu pueblo te confunde con Arturo Pérez Reverte y uno empieza a pensar en el día que se jodió el Perú y que cambió la receta de la tarta de Santiago. Pero vayamos al origen del problema óptico antes que los demás me sigan confundiendo con otro. Y no es presbicia, no. Siempre fui bastante vampiro, un adorador de las luces indirectas, del flexo invertido, tanto es así que cuando tengo que permanecer en un hospital con los fluorescentes encendidos en el techo estoy a punto de empezar a aullar y pido un nuevo ansiolítico (siempre se necesita una buena excusa en materia de ansiolíticos y esta no suele colar). Problemas clínicos aparte, mi madre me decía que me iba a quedar cegato de tanto leer . Y tuvo razón. En la vacilante luz del rural gallego de mediados de los setenta leer a Marx y a Valle Inclán, a Unamuno y a Lorca en un cuerpo diez de edición de bolsillo llamaba a gritos a las dioptrías y la neblina de la miopía empezaba a conformar mi pensamiento, un pensamiento blando que siempre ha rechazado las aristas, los metales, las formas geométricas precisas. Así, casi por voluntad propia, empezó mi relación con las gafas que, medio siglo más tarde, mantengo como una seña de identidad y no sé si de intelectualidad, dado que las llevan gente sin muchos puntos de vista como los influencers o los artistas de reguetón y no digamos las actrices del porno. Ya sé que no se trata del monóculo de Joyce, ni del de Pessoa, ni las antiparras de Quevedo, pero intelectualmente me siento confortado con esa imprescindible y cotidiana compañía . Sin gafas (progresivas o no, depende del momento) me siento desnudo, o mejor dicho, aunque esté desnudo sigo con gafas. Por cierto, mis últimas unas rayban wayfarer de sol graduadas me las tiene que devolver la playa de Corrubedo porque la ola asesina me dio un buen zarpazo y las arrastró al Atlántico. Problemas de la miopía (y miedo a los tiburones). Creo que las primeras gafas que me hice (y cuento más de cincuenta) fueron de metacrilato. El metacrilato estaba de moda por entonces en aquel Madrid que tenía la vista cansada. Javier Solana, entonces ministro de Cultura, llevaba unas antológicas, y quise agenciarme unas como las suyas. Molaban. Me gusta esa coquetería difusa que tenemos los miopes ante la vida. No vemos el letrero del bus, ni el ticket del restaurante, ni los subtítulos de la VO, ni la letra pequeña de los contratos de alquiler, pero nos sentimos tan distinguidos como si lleváramos una gardenia en el ojal. Con las gafas siempre vas bien vestido. Ahora mismo en mi fondo de armario tengo más gafas probablemente que Elton John (o que Isabel Coixet muy fan de este tema: una vez me las eligió ella misma en Barcelona). Entre todas distingo unas cuantas de trabajo para la pantalla del ordenador (las Persol que me aprietan y las Oliver People a las que se le ha caído la patilla y tengo que llevar al taller porque la cinta aislante de la mudanza le queda muy cutre), unas cuantas de vestir (las de Police que llevaba Brad Pitt en Bullet Train y unas de Valentino de montura dorada de aire retro que uso para ir al teatro, otras que le afané a mi mujer de Donna Karan unisex , las de montura verde de una óptica de Chueca que pasaron de moda) y dos más de sol (las Polo a las que se le oscurecen los cristales cuando brilla el sol) y otras Rayban Burbank que han sustituido a las que se llevó la corriente). Si reviso mis fotos antiguas siempre me reconozco por el periodo gafotas , pero, desafortunadamente siempre soy el mismo miope. El anterior inventario no es casual. Creo que podría redactar mi biografía y mis itinerarios vitales a través de las gafas que llevé en ese momento. No hay mejor alusión al tiempo (y a la manera de vivir) que esa convergencia de la estética con la visión, del sentido práctico con la elegancia. Las gafas (porque soy un gafapastas adicto al acetato de celulosa) definen como ninguna otra prenda una declaración de principios que en mi caso empezó a tomar forma con dos modelos canónicos: Yves Saint Laurent, el modista francés que hizo un arte de las dioptrías desde los años sesenta, y aquel Gregory Peck que en Matar a un ruiseñor llevaba unas ya por entonces retro que han sido replicadas centenares de veces sin que la montura case nunca como en esa película y ese careto. Es decir, por mucho que te empeñes, aunque te pongas las gafas de Gregory Peck o las de Scorsese nunca les llegarás a las suelas de los zapatos. Aún así algunos de los momentos de más felicidad los pasé en las ópticas muchas de las cuales parecen hoy la Academia de Platón. El tema da mucho más de sí. Acaban de salir las Rayban de IA . Amo las Rayban, pero tengo un problema irresoluble con el cabroncete de Zuckerberg, así que me las reservo para un futuro no muy lejano en el que los automóviles (no tengo carnet de conducir) sean plenamente autónomos y pueda ir leyendo La Voz de Galicia al volante camino de Compostela. Hace unos días también leí una noticia intrigante. Una clienta de un centro de belleza denunció a la empleada que se encargó de su depilación. Al parecer las llevaba puestas y eso junto a las ingles brasileñas son un delito. Las gafas IA valen para los espías de Le Carré, pero en un centro de belleza o en una sauna, o incluso en el Congreso de los Diputados dan mucho que pensar. Otra noticia gafada . En noviembre el presidente Sánchez estrenó unas gafas muy estilosas y fue trending topic nacional. Después de tanto palo nadie reconoció que le sientan bien y que es un hombre muy atractivo. La mayor parte de las invectivas iban más bien en plan “¿qué hace un tirano comunista con unas Dior?”. Pues eso, ojito con las gafas que siempre habrá un hater dispuesto a pisarlas en el anonimato de su ceguera. Espero que de algún modo no les aumente las dioptrías esta lectura y sepan que hay gafas para cada momento de la vida, aunque eso no les hará cambiar el punto de vista sobre la vida. *Ramón Reboiras es periodista y escritor. Su último libro publicado es ‘El Chevrolet de Pessoa’ (La Umbría y la Solana, 2024).