Bajo las aguas hay catedrales sumergidas

Cuando Ulises desembarcó en aquella isla, recibió relatos inquietantes de los miembros de su tripulación que habían sido los primeros en ir de avanzada. La isla estaba habitada, de eso no había duda alguna. Su aspecto era agradable, buena costa en la que un barco podía ponerse a buen recaudo durante los temporales; puntos de agua dulce y vegetación, lo que hacía pensar que sus tierras fueran feraces. Sus habitantes no habían levantado más que unas pobres chozas, ni siquiera se habían movido cuando los extraños guerreros, supervivientes de más de diez años de guerra, desembarcaron. Nadie había ido a ofrecerles los dones de la hospitalidad, tampoco les habían atacado a traición para emboscarse después, y nadie había salido huyendo.