El Día del Padre anuncia el Día de la Poesía. No hay mayor poesía que ser hijo, no hay mayor poesía que ser padre. Son los grandes asuntos, porque el resto es silencio o el hábito alterado de vivir, pero todo bascula sobre esta gran verdad: la de ser hijo, que es mucho, que ocupa por sí mismo el marco trascendente de una vida, y, desde luego, ser padre. Esto se descubre desde una plenitud que nos ocupa, que nos llama y nos llena de sentido, que también guarda grietas y temblores, sus inseguridades, sus retos y renuncias, oscuridades ásperas y luminosidades. Se escribe de otras cosas, importantes sin duda, que más frecuentemente reclaman la atención y también ese pulso entre las intenciones y el mapa de palabras. Claro que está ahí lo incognoscible, el enigma total de la existencia, el hecho de nacer y morir. Muy por debajo queda el asunto pedestre y costumbrista, que también es crucial, de la narración del momento. Aunque lo anterior, y cuanto se nos ocurra, desemboca en esto, porque lo grande aquí, lo definitivo, es ser hijo o ser padre, ser madre o ser hija. Por eso si eres huérfano, o si eres adoptado, si tus padres te dejaron atrás por la razón que sea, por muy bien que te vaya, eso determina tu recorrido en parte, y cómo te contemplas al vivirlo. Venir de algún lugar, que unas manos grandes se ocupen de las tuyas y te guíen por todas las veredas, mientras las tuyas crecen, y que otras manos pequeñas se encuentren luego dentro de las tuyas, mucho tiempo después, y también descubran sus propios caminos y sus amaneceres, que sabrás hacer propios, esto es todo.