El experimento logra algo clave: confinar plasma utilizando un imán superconductor completamente levitado, eliminando puntos de contacto que provocaban pérdidas térmicas. Aún no produce energía neta, pero resuelve uno de los grandes cuellos de botella del sector y reabre una pregunta que llevaba años en pausa: si la fusión puede volverse realmente viable a menor escala.