Entrevista con el diablo

Es un veterano periodista de trastienda, alejado de los micrófonos y los focos, que trabaja anónimamente en la radio más importante de mi país, y cuya especialidad son las 'exclusivas imposibles': consiguió en 1999, con una mera excusa futbolística, sacar al aire al general Guillermo Suárez Mason, el 'Eichmann argentino', y a lo largo de veintisiete años persiguió obsesivamente su macabra historia. Suárez fue uno de los más sanguinarios jerarcas de la dictadura militar que se instauró en la Argentina hace medio siglo: el 24 de marzo de 1976. Gustavo Sammartino acaba de publicar en Buenos Aires , a propósito de esa triste efeméride de repercusión global, un libro escalofriante: 'Si lo contás, te mato', donde retrata minuciosamente al represor y donde recopila declaraciones inéditas, textos manuscritos y confesiones al paso que consiguió gracias a un diálogo irregular y ambiguo que duró años, y que estuvo siempre cargado de falsa confianza y de secreta repulsión. En este reportaje de más de 400 páginas se 'escucha' la voz del diablo, con su lógica y sus coartadas, que son contrastadas con los datos y las pruebas judiciales de aquel Estado terrorista que llevó a cabo miles de delitos de lesa humanidad. Allí quedan expuestas la tortura como sistema, las silenciosas sentencias de muerte, la figura de los desaparecidos y hasta un reconocimiento al enemigo: el general elogia al jefe de Montoneros porque se presenta como el soldado de una guerra y no como una simple víctima civil. Las conversaciones se encadenan en pisos aristocráticos, donde este personaje cumplía prisión domiciliaria o gozaba del indulto que le regaló Menem. El momento más desgarrador de toda esta cronología acontece cuando Sammartino le plantea el tema del robo de bebés, un programa de apropiación de menores –rapto y ocultamiento de la identidad de hijos de los detenidos, en ocasiones con partos clandestinos y adopciones ilegales–, que también fue una práctica permanente y que se estima involucró a más de 500 niños. Hacía poco tiempo que el reportero había perdido un bebé y la horrible respuesta de Suárez lo sacó entonces de su papel de frío confesor ocasional: el general sugirió que las guerrilleras capturadas se hacían embarazar en cautiverio porque creían que eso podía salvarlas de la muerte. Y en un verdadero sincericidio hasta reconoció haber colaborado personalmente en la 'entrega' de al menos uno de esos bebés. Fuera de sí, Sammartino lo increpó, y entonces el Eichmann argentino no pudo contenerse y se desahogó: «Si querés que te diga que yo robé bebés, bueno, sí: yo robé». El periodista, perturbado, se dirigió hacia la puerta; fue en ese instante dramático cuando el carnicero del Proceso de Reorganización Nacional le advirtió: «Si lo contás, te mato». Por fortuna, el reportero lo contó y nos permitió viajar así al corazón de las tinieblas de un régimen de facto que violó todos los derechos humanos, amparado en una prehistoria de también innegable violencia terrorista. El paroxismo guevarista, dentro y fuera del movimiento de Perón, había creado peligrosas organizaciones de lucha armada. Que perpetraron crímenes políticos a granel y hasta desconocieron la democracia con el fin de consagrar una revolución despiadada. La lucha contra ese fenómeno luctuoso no fue con el Estado de derecho ni con la legalidad, sino con una oscura tiranía en sentido contrario que asaltó las instituciones y las utilizó para lanzar una cacería y generar una orgía de sangre mucho más grave e imperdonable. En diferentes períodos los dictadores fueron juzgados y, en muchos casos, condenados a reclusión. Pero los guerrilleros, merced al relato adulterado del peronismo de izquierda ( los Kirchner ), pasaron a ser directamente «jóvenes que dieron la vida por sus ideales». Cuando sus ideales habían sido también autoritarios y aberrantes. El castigo que recibió la cúpula del Proceso fue tan ejemplar que acabó con aquel 'partido militar' que cada tanto daba un golpe y se quedaba con todo. También colaboró con ese propósito la dura derrota en las Malvinas, guerra contra el Imperio británico que los militares improvisaron para cohesionar a la sociedad y perpetuarse en el Gobierno. Creían, en verdad, que podían ocupar las islas y negociar pacíficamente con los ingleses, pero Thatcher vio también una oportunidad política y envió a su flota, con el respaldo de la OTAN. La derrota argentina acabó con la dictadura, y cambió la historia. Borges, que se había sentido aliviado cuando Videla terminó con la guerrilla –sus atentados, sus masacres cotidianas– vivió al margen de la política durante los años siguientes, pero puso su firma en una solicitada donde se le exigía al régimen que diera explicaciones acerca del paradero de los desaparecidos. Cuando ganó Alfonsín en las urnas, Borges dijo: «Escribí alguna vez que la democracia es un abuso de la estadística; yo he recordado muchas veces aquel dictamen de Carlyle, que la definió como el caos provisto de urnas electorales. El 30 de octubre de 1983, la democracia argentina me ha refutado espléndidamente». Ya durante el juicio a las juntas militares y con 85 años, el autor de 'El Aleph' se sentó en la sala y escuchó los testimonios. Videla, quien alguna vez había almorzado con él y con Sábato y Castellani, lo observaba en silencio desde el banquillo de los acusados. Luego Borges reflexionó: «He asistido a un juicio oral. Escuché a un hombre que había sufrido unos cuatro años de prisión, de azotes, de vejámenes y de cotidiana tortura. Yo esperaba oír quejas, denuestos y la indignación de la carne humana interminablemente sometida a ese milagro atroz que es el dolor físico. Ocurrió algo distinto... Hablaba con simplicidad, casi con indiferencia, de la picana eléctrica, de la represión, de la logística, de los turnos, del calabozo, de las esposas y de los grillos. También de la capucha. No había odio en su voz». Estaba horrorizado por la cruda verdad que surgía de ese Núremberg sudamericano. Y agregó: «Es de curiosa observación que los militares, que abolieron el Código Civil y prefirieron el secuestro, la tortura y la ejecución clandestina al ejercicio público de la ley, quieran acogerse ahora a los beneficios de esa antigualla y busquen buenos defensores». La travesía desde aquel primer alivio por el fin de la violencia terrorista hasta la plena toma de conciencia de la carnicería clandestina que practicaban los militares y el horror de los relatos de las mazmorras no sólo compete a Borges: la mayoría de la clase media tuvo esas mismas etapas, ignorancias y sentimientos de asombro, culpa, rabia y espanto. Por momentos, a quienes sufrimos aquella dictadura –tan manoseada luego por la izquierda y el peronismo, tan usada como espantajo– todo ese episodio histórico nos parece una alucinación, un mal sueño del que felizmente nos despiertan una fecha, un libro, o un periodista que buscó una exclusiva imposible y logró traernos de regreso una voz del infierno.