A veces una ciudad tarda en medir la dimensión de quienes la han hecho sonar. Carlos Durán fue uno de esos músicos que dejaron huella sin necesidad de estridencias, de los que construyen escenas, amistades y refugios musicales casi sin hacer ruido, con un saxofón en las manos y una idea fija en la cabeza: que la música tenía que servir para reunir a la gente.