Se regalan dudas (y miedos)

Tengo un montón de dudas (y miedos) acumuladas en la garganta que, unas veces me dan ganas de llorar y, otras, de gritar. Lo primero suele suceder, nunca he escondido mi sensibilidad ni mi facilidad para que se alonguen a las pestañas las lágrimas. Lo segundo lo reprimo por aquello de que perder los papeles está feo. Quizá algún día se me afloje el corsé y dé cuatro gritos, pero por ahora, cuando vislumbro esa posibilidad, la garganta se me cierra de tal forma que solo consigo hacer un ruido similar al maullido de una cría de gato. Tiempo al tiempo. A lo que iba, estos días, tras varias conversaciones con diferentes personas, he llegado a la conclusión de que todos somos pobres, pero creo que no nos hemos dado cuenta. Eso o que estamos en fase de negación. Pobres, sí, porque, ¿de cuánto dinero precisa usted al mes para vivir con las necesidades básicas cubiertas? No hace falta ser de ciencias para entender que, si el alquiler está sobre los ochocientos euros, la cesta de la compra (para una sola persona) alrededor de los ciento veinte, a lo que se le suma la gasolina o el bono de transporte, la luz, el agua y el teléfono, mínimo se necesita cobrar mil quinientos euros. Pero, claro, luego es necesario tener un pequeño colchón para imprevistos, enfermedades y la vida en sí. Esto ya nos sube la broma de vivir a casi los dos mil euros. ¿Quién cobra esa cantidad que no esté dentro del funcionariado? Porque tengo amigas con varias carreras y másteres trabajando en fundaciones, ONG o empresas privadas por mil cuatrocientos euros al mes. El otro día, una de ellas me dijo (y me dio permiso para escribir sobre ello) «Tengo cuarenta años, más formación que mis jefes, llevo cinco años en la empresa y sigo cobrando mil quinientos euros. Tengo una habitación alquilada en un piso compartido a cuatrocientos ochenta euros (lo que antes costaba alquilar un apartamento, recuerden) y no me puedo dar una escapada para desconectar porque tengo que ahorrar para los «por si acaso» ¿Esto es vida?». No, no lo es. No sé en qué momento hemos normalizado vivir para trabajar, cubrir gastos básicos y negarnos el ocio. A esto le añadimos el aumento de enfermedades relacionadas con la mala alimentación, que me sorprende que sorprenda, pues, si hay que economizar, habrá que tirar de marcas blancas y ultra procesadas. Y ya, ya… Ahora vendrá el comentario «Nuestras abuelas con menos nos sacaron adelante» y la romantización del pasado que me cansa tanto. Hace una semana se presentó en el Parlamento de Canarias un informe en el que han participado diferentes sanitarios, entre ellos, psiquiatras, que pone sobre la mesa un hecho trágico: el modelo económico de nuestra comunidad está provocando problemas de salud mental graves debidos a la precariedad salarial, a la crisis habitacional y a un futuro cada vez más difuso e incierto. ¡Qué curioso!, lo que nos está llevando a la locura es la falta de derechos básicos que recoge la Constitución como la vivienda, el trabajo y la comida. ¿Soy yo la única que ve que tenemos un problema psicosocial muy grande y que en lugar de mejorar vamos a peor? Estoy segura de que hay mucha gente que lo piensa y tal vez le suceda como me ha sucedido a mí, que cuando saco el tema me tildan de exagerada, ignorante o, peor aún, pretenden infantilizarme, lo que hace que terminemos por callarnos y verlas venir. En fin, que les regalo mis dudas y mis miedos mientras espero, ansiosa, soluciones.