Hay voces que no solo informan, sino que acompañan. Voces que entran en nuestras casas a primera hora de la mañana, que se cuelan en los talleres donde el transistor suena de fondo, en los bares donde el café aún humea, en los coches detenidos ante un semáforo. Voces que acaban formando parte del paisaje emocional de una ciudad, que no se oyen, que se reconocen. Durante 39 años, la voz de Pilar Fernández ha sido esa presencia constante que ha ido marcando el pulso cotidiano de Mérida.