Curling, esquí alpino y de fondo, hockey sobre hielo... nuestros Fósforos nos habla de los deportes de invierno que practican y sobre los cuales escribe su Crónica Perpleja Antonio Agradano. Yo tuve un skijama de Calgary 1988. Hasta ahí mi relación con los juegos de invierno. Como niño lacio que fui, todo intento fue fallido. Campeón de Andalucía de tirarme por una loma de Sierra Nevada con un plástico a modo de trineo, y atropellar a una señora despistada. Campeón de España de abrirme la barbilla en una pista de patinaje sobre hielo en Viella en el viaje de fin de curso de BUP. No es lo mío. Jamás me he calzado unos skis. Y dad las gracias, porque así os ahorro mi cuerpo entallado en esos monos marca Fila como los que llevaba Alberto Tomba. Ese italiano tan guapo, valga la redundancia. Una vez nevó en Córdoba. Y me asomé a la terraza como si estuviera viendo un OVNI aterrizar en el barrio. Mi hijo pequeño está emperrado con ir a Islandia y creo que aún tengo un par de años para convencerlo de que las playas caribeñas pueden ser también una opción. Entre un cóctel margarita con los pies hundidos en la blanca arena y las auroras boreales, pues miren, yo lo tengo claro. Si algo aprendí en la vida es a no meterme por cabezonería en esos lugares para los que Dios no me ha llamado. Ni el curling ni el bobsleigh ni la combinada nórdica. Si hace frío, yo soy más de pijama de franela, de polar del Decathlon, de zapatillas de peluche. Té, galletitas, libro, luz tenue. Ahí soy capaz de batir cualquier récord. Viendo cómo se condensa el agua en los cristales. Lo más que puedo hacer es comprarles a mis hijos un pijama de los juegos olímpicos de Milán-Cortina d'Ampezzo 2026. Y verlos jugar sobre el parqué con la estufa a todo lo que da. Porque no hay mejor invierno que el que se ve desde la ventana.