El mundo gira. Lo hace a un ritmo vertiginoso, intratable, imparable. Los momentos para la quietud y la reflexión son sustituidos, dentro de una rutina que parece irrompible, por el frenesí. Sin embargo, pese a ese ritmo vital acelerado y la ineludible presencia de las pantallas a cada instante, una afición pausada -y a veces tan divertida y competitiva como ninguna- está disparando su atractivo y éxito hasta vivir una era dorada. Es una revolución analógica, la que representan los juegos de mesa, que se ha acabado consumando desde la pandemia. Y lo ha hecho aupada por factores que van desde el aumento de públicos a la expansión de creadores hasta llegar a convertirse en la actualidad en una "pieza más del entorno cultural y, a veces, del mainstream".