Me he puesto a escribir para derrotar al sueño y hacer tiempo mientras llega el espectáculo del descanso de la Super Bowl; no porque tenga el mínimo interés en la música de Bad Bunny y mucho menos en las enseñanzas que encierran algunas de sus canciones, sino por el mensaje reivindicativo que un artista como él pueda transmitir en estos tiempos oscuros aprovechando el escaparate más importante (por caro) del mundo del deporte. Ahí está la gracia de la noche. En la tele juegan los Seahawks y los Patriots y los veo con la misma atención que a esta hora pondría en el doloroso Alavés-Getafe de hace unas horas (40 faltas, a dos del récord de la Liga, qué oportunidad histórica perdida queridos Coudet y Bordalás). En otros tiempos, sobre todo cuando la Super Bowl implicaba una larga madrugada en compañía de mi hermano a la espera de que los Broncos de John Elway ganasen al fin, me interesó mucho más ese circo (en el buen sentido de la palabra) en el que la derrota nunca parece tener demasiada importancia. Estas ligas a mayor gloria del dinero acaban siendo de forma inevitable una descomunal fórmula de negocio algo desapasionada y si al deporte le quitas ese componente emocional te quedas con un espectáculo de consumo único pero también desnutrido. Hasta que no vivan una (o muchas) peleas por evitar el descenso o los aficionados de los Vikings sientan un especial orgullo porque casi todos sus jugadores han salido de Minnesota no conocerán la auténtica esencia del deporte.