Durante la pandemia, Canarias se promocionó activamente como el refugio perfecto para los trabajadores remotos europeos. Con el sector turístico a cero, las administraciones públicas vieron en los llamados nómadas digitales un balón de oxígeno. Lo que comenzó como un flujo de aventureros que combinaban surf y trabajo por un par de meses, pronto evolucionó. El perfil cambió hacia profesionales de alta cualificación con sueldos elevados, de 4.000 o 5.000 euros, que llegaban a las islas con la intención de quedarse, como mínimo, un año. Esta nueva realidad ha traído consigo un debate complejo: ¿es un beneficio, un problema o ambas cosas a la vez para el archipiélago? La consecuencia más inmediata y palpable de este fenómeno ha sido el estallido de una crisis habitacional sin precedentes. La alta rentabilidad del alquiler de corta duración para extranjeros ha provocado una sustitución masiva del alquiler residencial tradicional. Los propietarios prefieren la seguridad y los ingresos de los nómadas, expulsando a los residentes locales de barrios históricos como Las Canteras en Gran Canaria o el centro de Santa Cruz de Tenerife. El resultado ha sido una subida drástica de las rentas y un coste de la vida que se sitúa entre los más altos de España, llevando a muchos a preguntarse por la identidad de las islas y el retorno social real de este modelo. En medio de esta encrucijada se encuentra la historia de Alexander, un ingeniero de software ucraniano que vive en el sur de Tenerife. Tal y como ha explicado en Herrera en COPE Tenerife, la llegada de Alexander a Tenerife no fue una decisión impulsada por la guerra en su país, al menos no al principio. Aterrizó en la isla en el año 2022 con un plan muy concreto: pasar solo un invierno. La razón principal era la salud de su hija. "Elegimos Tenerife por el clima y porque nuestra hija tenía problemas respiratorios", explica. Un médico les había recomendado buscar un destino más cálido que el gélido invierno de Ucrania para mejorar su condición. Canarias parecía el lugar ideal para poder trabajar a distancia en una empresa holandesa de la que es ingeniero jefe, no solo por su meteorología, sino porque "siempre hay cosas que hacer, por ejemplo, senderismo, y además Internet y la infraestructura están bastante bien aquí". El plan inicial de una estancia temporal cambió de forma abrupta. "Nos fuimos a España antes de que empezara la guerra. Yo pensaba quedarme solo un invierno y después volver", relata. La invasión rusa de su país natal le obligó a prolongar su estancia indefinidamente, transformando el refugio climático en un hogar a largo plazo. Afortunadamente, el cambio ha tenido efectos muy positivos para su familia. "El clima es una de las razones principales para nosotros", afirma, y añade con alivio que el problema de salud de su hija "está resolviendo ya", confirmando los beneficios que muchos atribuyen al entorno de las islas para ciertas patologías. Sin embargo, la decisión de establecerse de forma permanente le enfrentó a la cara más amarga del auge de los nómadas digitales: la búsqueda de vivienda. Al principio, mientras su estancia era temporal, no tuvo problemas. "Vivía en una casa de Airbnb, pero es caro", comenta. La verdadera dificultad apareció cuando se lanzó a buscar un piso para larga duración. Fue entonces cuando el proceso se complicó enormemente. "Sí, mucho, me costó mucho", admite con rotundidad, una experiencia que comparten miles de residentes en el archipiélago. A la altísima demanda y la escasez de oferta se sumaron otros obstáculos. Alexander señala que la barrera del idioma fue uno de ellos, aunque ha trabajado para superarla: "Ahora yo puedo hablar español mejor, y hablar español ayuda un montón". Pero incluso con el idioma, los problemas persistían. Se encontró con prácticas abusivas por parte de algunos intermediarios. "Si no conoces bien las leyes de España y de Canarias, algunos intentan cobrarte comisiones extra y otras cosas, y es también un poco complicado", advierte. La burocracia y las exigencias desmedidas, como la solicitud de un "aval y garantía", complicaron aún más el proceso, incluso teniendo ingresos demostrables como ingeniero para una empresa de los Países Bajos. A pesar de las dificultades, la balanza de Alexander se inclina hacia el lado positivo. Recomendaría sin dudar la experiencia de vivir y trabajar en Tenerife, sobre todo a un perfil muy concreto. "Sí, sobre todo, si tienen hijos, porque, para niños, es un paraíso", asegura. La calidad de vida, la seguridad y las oportunidades de ocio al aire libre son, para él, factores determinantes que compensan los escollos. Eso sí, deja una advertencia clave para quien quiera seguir sus pasos: "Que aprendan español, porque si conoces la lengua, la vida aquí es mucho mejor". Su visión es pragmática y resume la dualidad de la vida en las islas. "Sin duda", Tenerife es un buen sitio para vivir y trabajar, "pero hay cosas difíciles". Como en cualquier lugar, "hay cosas buenas, y más difíciles". Entre los puntos negativos, más allá de la vivienda, destaca la carga fiscal para los trabajadores por cuenta propia. "Yo soy autónomo y los impuestos para mí son altos. Muy altos", lamenta. También expresa su perplejidad ante el sistema fiscal canario: "La otra cosa que no entiendo es, ¿por qué existe el sistema de IGIC y aduanas? ¿Y por qué no podemos tener en Canarias lo mismo que en el resto de España?". Son, como él dice, "dos o tres cosas que me molestan", pero que no eclipsan todo lo demás. Al final de la conversación, emerge una dimensión más personal y geopolítica. Con la guerra aún devastando su país, el apoyo internacional es un pilar fundamental para él y su familia. "Para mi familia también es muy, muy importante que España ayude a Ucrania. Es muy importante", concluye, agradecido por la acogida. Su historia es el reflejo de un fenómeno global que aterriza en un territorio frágil y fragmentado, un testimonio que da una cara humana a las estadísticas y que encarna las preguntas que hoy resuenan en todo el archipiélago sobre su futuro.