Un silbido corta el gélido aire del febrero ucraniano, otro proyectil que cae del cielo, otra bomba que cae del cielo como si fuera nieve. En Kiev, se han despertado a 17 grados bajo cero, todo un respiro teniendo en cuenta que la semana pasada estuvieron por debajo de los 20 bajo cero. Están a punto de cumplirse los 4 años desde aquel fatídico 24 de febrero cuando las tropas rusas que llevaban meses amenazando en la frontera, dieron el paso e iniciaron una invasión relámpago, que pudo ser contrarrestada por los ucranianos. Ahora, después de años de enquistamiento, de litros de sangre derramados para avanzar un palmo de terreno. Después de años de combate, de inviernos que congelaban los otrora fértiles campos de cultivo de la estepa ucraniana. Después de los ataques a civiles indiscriminados, del desgaste brutal de un país que se muere de frío mientras ve morir a sus jóvenes morir por las balas y los drones, Rusia sigue con su despiadada estrategia de centrar sus ataques sobre la ya maltrecha infraestructura energética ucraniana. El titular ha llegado a un punto en el que ya no sorprende: Rusia bombardea una central eléctrica en Kiev y deja sin luz ni calefacción a cinco mil hogares en pleno invierno... a diez mil... a veinte mil... 150 drones y 20 misiles... 300 drones y 40 misiles... 500 y 65... Las cifras nos resuenan en la cabeza perdiendo cada vez más importancia, embotando cada vez más nuestra capacidad de empatizar, de pensar que, entre esos miles de hogares hay personas como Lidia Teleschuk, una anciana ucraniana de 91 años que se retrotrae a la II Guerra Mundial para poder encontrar un invierno peor que este, en sus declaraciones a un medio mexicano: "Fue peor en 1942" dice con esa resiliencia inherente de las personas mayores que han vivido los momentos más oscuros de la historia de la humanidad y que siguen vivos para contarlos. Una pequeña estufa de gas y algunos remedios caseros como una serie de garrafas de agua caliente esparcidas por la casa, son todo lo que pueden hacer para conseguir unos claramente insuficientes 8 grados positivos en los hogares de la capital ucraniana. Los generadores son el tesoro más preciado, los operarios tratan de recuperar el suministro eléctrico a contrarreloj, pero sus esfuerzos muchas veces son en vano y, ante la intermitencia de la calefacción, los habitantes de la capital recurren a soluciones diferentes. El Papa, a través de la Limosnería apostólica, ha donado al país 80 nuevos generadores de energía, junto a varios medicamentos. Un ejemplo más de la solidaridad vaticana con los que más sufren y un ejemplo más de esa atención del Sumo Pontífice, que ya tuvo Francisco y que ahora hereda León XIV hacia una de las guerras más cruentas y largas de la actualidad. Una vez lleguen a Ucrania, la red parroquial distribuirá los bienes entre aquellas personas con más urgencia, consiguiendo que el calor metafórico que el Papa envía constantemente a los ucranianos se haga tangible.