De niño creía que el mundo se acababa un poco más allá de los almacenes de los labradores. Allí donde el pueblo dejaba de ser pueblo y empezaba un descampado sin nombre, ardiente en verano y desangelado en invierno, levantamos nuestra primera patria. La llamábamos Groenlandia, aunque no supiéramos señalarla en un mapa. Nos bastaba con que sonara lejana, grande, invencible.