Las pasadas navidades tuve un pico de ansiedad segundos antes de entrar en un gran centro comercial. Todo sucedió cuando yo y cien personas más cruzábamos un paso de cebra. Ahora a la derecha, ahora nos paramos y ahora seguimos recto. Todas apelotonadas, caminando al mismo ritmo y con un objetivo compartido: comprar. Quedaban pocas horas para desenvolver los regalos y nos faltaba un libro, un cinturón o un qué sé yo. Daba igual lo que fuera, daba igual que quien fuera a recibirlo ya tuviera de todo y nos hubiera repetido mil veces que más adelante y que durante las rebajas encontraríamos algo. Había que consumir y gastar el dinero que, ojalá, dedicásemos a menesteres más loables como, por ejemplo, ahorrar. Los billetes y el consumismo mandan.