A finales del siglo XIX había básicamente unos cuarenta estados nación. Algunos de ellos eran imperios, incluso recién formados como el II Reich alemán, construido por Bismark sobre los pilares de Prusia, que acabó fagocitando al resto de entidades germánicas. El siglo XX se convirtió, después de dos guerras mundiales y la implosión de la Unión Soviética, en un crisol de naciones. A finales de siglo, la ONU estaba integrada por 193 Estados soberanos como miembros plenos y dos observadores: el Vaticano y Palestina. Hicieron falta tres guerras mundiales, si contamos la Guerra Fría como la tercera y última hasta el momento para convertir cuarenta en casi doscientos. El más prolífico de los procesos no fue la caída del imperio soviético, sino el proceso de descolonización a la que se vieron forzados británicos y franceses, en gran parte por la presión de los Estados Unidos, de un lado, y la ayuda de las URSS a los movimientos africanos de liberación de otro.