La escena, al amanecer, en la calle de una urbanización. Se oye un sonido que recuerda a una carraca, o al tableteo al levantar una persiana. Luego otro y otro y otro desde distintos puntos. El observador mira alrededor buscando el origen y advierte que en la chimenea de cada casa hay una urraca, en alguna dos, una decena tal vez entre todas, que se alternan con ese graznido tan característico, distinto al usual en ellas. Mientras lo hacen, algunas dejan su chimenea y pasan a otra, como si se intercambiaran. Tras un rato con ese juego, a cada tanto alguna emprende el vuelo y se va, sola o emparejada, con su característico vuelo ondulante, alternando batir de alas y planeo. En poco tiempo todas las urracas han abandonado la escena. Pasan por la calle, sin mirar arriba, niños camino de la parada del bus escolar, coches de vecinos que van al trabajo, algunos asistentes que llegan.