La vida deportiva del octogenario toledano Juan López, reflejada en 'The Washington Post'

Hay historias que no entienden de edades ni de fronteras. La del atleta toledano Juan López García, que acaba de cumplir 82 años, es una de ellas. Su disciplina y una relación casi íntima con el esfuerzo, ha cruzado continentes hasta encontrar eco en uno de los grandes referentes del periodismo internacional, The Washington Post . El diario estadounidense ha retratado recientemente a Juan López en el mirador del Valle, con Toledo desplegada al fondo como una postal serena y eterna. La imagen no es casual : resume una trayectoria vital en la que el paso del tiempo no ha sido una barrera , sino un compañero de viaje. Desde esa atalaya sobre el Tajo, el atleta observa una ciudad que ha sido testigo silencioso de miles de kilómetros recorridos y de una forma muy particular de entender el deporte y la vida. El interés internacional no surge por azar. Semanas antes, una revista científica especializada estadounidense había publicado los resultados de una investigación desarrollada en la Facultad de Ciencias del Deporte de Castilla-La Mancha, en colaboración con la Universidad Carlos III de Madrid, la Universidad de Pavía y la Facultad de Ciencias de la Salud de Talavera de la Reina. Un estudio que ha puesto cifras y gráficos a lo que muchos intuían desde hace tiempo. Los datos hablan por sí solos: consumo máximo de oxígeno, eficiencia energética y umbral anaeróbico propios de un atleta muy por debajo de su edad biológica. Registros calificados como excepcionales para una persona que ha superado los 80 años y que han convertido a Juan López en un caso de referencia dentro del atletismo veterano y la investigación científica aplicada al envejecimiento activo. Sin embargo, el protagonista de esta historia huye del triunfalismo . Habla con la serenidad de quien ha aprendido a escuchar su cuerpo. «Estoy entrenando ahora menos que lo habitual por dos motivos. Uno por causas familiares relacionados con la dedicación a mi esposa y otra, que es una molestia que sufro en una pierna desde hace unas semanas y está rebelde, no se me van las molestias», explica, con la honestidad de quien entiende el entrenamiento como un diálogo, no como una imposición. Ese diálogo con el tiempo no ha impedido que su palmarés sea sencillamente extraordinario. Juan López ostenta el récord mundial de 50 kilómetros en ruta para mayores de 80 años, con un tiempo de 4 horas, 47 minutos y 39 segundos. También es récord de Europa de maratón, logrado en Bucarest con 3 horas, 39 minutos y 10 segundos, y fue plusmarquista nacional de 10 kilómetros en ruta con 42 minutos y 32 segundos cuando contaba 75 años. Marcas que no solo hablan de talento, sino de una fidelidad inquebrantable al entrenamiento cotidiano. Lejos de vivir de la memoria, el horizonte inmediato sigue teniendo fecha y lugar. «Precisamente ahora, el 15 de febrero, en Ibiza, se disputa el Campeonato de España de 10 kilómetros en ruta y me gustaría proclamarme campeón», confiesa. Y añade, con una reflexión que va más allá del atletismo: «Estoy muy contento de poder hacer lo que hago, voy cumpliendo años y aún puedo realizar ciertas actividades y logros, poder mantener un equilibrio general de mi cuerpo y mente». En ese equilibrio hay nombres propios que Juan López no olvida. «Sería injusto no acordarme de dos personas a las que les debo gran parte de mis éxitos», subraya. El primero es su entrenador, Ricardo Ortega Sánchez-Pinilla, quien ha sabido dosificar cada esfuerzo, cada sesión y cada objetivo. «Me lleva muy bien, dosificándome en el esfuerzo y sabiendo hasta dónde puedo llegar», reconoce. El segundo agradecimiento es para su fisioterapeuta y amiga Lola Magán, presencia constante en los momentos en los que el cuerpo pide cuidado. «Siempre dispuesta a ayudarme y a darme algún alivio físico cuando lo preciso con sus 'manos blancas'», dice con una sonrisa que se adivina incluso en la palabra escrita. A sus 82 años, Juan López no corre solo contra el cronómetro. Corre contra la idea de que el tiempo es un límite infranqueable . Su historia, ahora contada en The Washington Post, es la prueba de que la longevidad puede ser también un territorio de excelencia, y de que, a veces, las grandes gestas se construyen en silencio, paso a paso, sobre el asfalto de cada mañana.