Todos los indicadores que, en teoría al menos, deberían alimentar el voto de la izquierda están ahí. Precariedad laboral, encarecimiento de la vivienda, desigualdad creciente, crisis climática, sensación de pérdida de control sobre la propia vida. Si uno leyera manuales de ciencia política del siglo XX, concluiría que este es un escenario ideal para el auge de las fuerzas progresistas. Y, sin embargo, las encuestas y las elecciones en curso nos muestran una izquierda estancada o en retroceso.