Nevenka Fernández alerta de la violencia sexual y la complicidad institucional: "Eligen salir en la foto con el presunto acosador"

La economista gallega y exconsejera de Hacienda de Ponferrada, Nevenka Fernández, pidió la baja laboral del Ayuntamiento que gobernaba el Partido Popular a causa de una depresión y, en marzo de 2021, denunció por acoso sexual al entonces alcalde, Ismale Álvarez. Su partido no la apoyó y sus compañeros del consistorio se pusieron de parte del mandatario municipal. En la semana en que hemos conocidos el caso que ha estallado en Móstoles, donde una edil del Partido Popular ha denunciado presuntos delitos de acoso sexual y laboral a manos de su jefe, el alcalde de la localidad, Fernández ha escrito una tribnuna abierta en el diario El País, en la que vierte su opinión a cuenta de casos similares al que desgraciadamente sufrió. El texto parte de una reacción emocional —"enfado y repugnancia"— ante las nuevas revelaciones del caso Epstein, pero rápidamente trasciende la experiencia individual para formular una lectura estructural de la violencia sexual. La autora no se limita a denunciar delitos concretos, sino que los interpreta como manifestaciones de una violencia social, sistémica y organizada, que atraviesa lo sexual, lo moral y lo laboral, y que se sostiene en relaciones de poder profundamente desiguales. Uno de los ejes centrales es la escucha a las víctimas como acto político y ético. Escuchar no aparece como un gesto pasivo, sino como una acción que "requiere valor", porque obliga a confrontar un dolor "desgarrador, insistente y largo en el tiempo", que interpela a quien escucha y desestabiliza los consensos cómodos. El texto insiste en que estos abusos no concluyen con el acto violento inicial, sino que continúan en el silencio, la impunidad, el descrédito y la normalización social. A partir de ahí, se introduce una idea clave: la existencia de una cultura que busca ser aceptada, una cultura donde "unos tienen el derecho de pernada y otros solo el derecho al silencio". Esta aceptación no se impone únicamente por la fuerza, sino por mecanismos de invisibilización, banalización y complicidad. En ese punto aparece una de las aportaciones más incisivas del texto: la figura de "las mujeres de la foto". No se trata de una acusación genérica contra las mujeres, sino de una categoría moral y política muy concreta: mujeres que, "por acción u omisión", se colocan junto a hombres con poder implicados en abusos, los legitiman simbólicamente y contribuyen a blanquear su conducta. La autora vincula esta figura tanto a casos internacionales (Ghislaine Maxwell y Epstein) como a ejemplos locales y contemporáneos en la política española, subrayando la persistencia del patrón. El texto concluye reafirmando una convicción ética: el cuerpo propio como territorio inviolable, la verdad como forma de poder y el feminismo como una lucha que no enfrenta a hombres y mujeres, sino que interpela a toda la sociedad. Se define, en última instancia, como una cuestión de "valentía y corazones sanos". El análisis de "las mujeres de la foto" merece una atención especial. El texto evita un planteamiento simplista o esencialista: no acusa a las mujeres por ser mujeres...