En este 2026 se cumplirán 250 años de la independencia de los Estados Unidos. La efeméride llega en un momento preocupante: la democracia que durante dos siglos se pensó a sí misma como modelo universal atraviesa una crisis de identidad profunda. No es solo una cuestión de liderazgos estridentes o de batallas culturales; es algo más profundo. Estados Unidos parece dudar de aquello que lo hizo posible: una cultura cívica capaz de combinar diversidad, autogobierno y límites al poder. Conviene no mirarlo con exceso de condescendencia, ya que el mal es ampliamente compartido. Por eso resulta especialmente oportuna la publicación de la biografía de Alexis de Tocqueville (editorial Gota a gota, 2025) escrita por Eduardo Nolla, catedrático de Teoría Política y uno de los mejores conocedores de la obra del pensador francés. No se trata únicamente de reconstruir una vida, sino de recuperar la mirada de un Tocqueville que no fue un nostálgico del Antiguo Régimen ni un liberal complaciente con la democracia triunfante. Fue, más bien, un observador inquieto, obsesionado con una pregunta que hoy sigue siendo incómoda: cómo pueden las sociedades democráticas seguir siendo libres. La gran obsesión de Tocqueville fue la libertad y, por lo tanto, su mayor temor fue el despotismo . No el despotismo brutal de los tiranos clásicos, sino uno mucho más «amable» y, en consecuencia, eficaz: el que se instala cuando ciudadanos formalmente iguales renuncian a gobernarse a sí mismos. La democracia en América, esa biblia liberal conservadora, no fue un elogio ingenuo del nuevo mundo, sino una advertencia sin fecha de caducidad. Allí donde la igualdad avanza sin contrapesos, la libertad corre el riesgo de convertirse en lejano recuerdo o mera retórica. El libro de Nolla tiene el mérito de devolvernos a un Tocqueville menos citado y más incisivo, a través de cartas y notas privadas en las que se condensa su pensamiento político . En ellas aparece con claridad una de sus intuiciones centrales: las democracias no se sostienen solo sobre leyes e instituciones, sino sobre costumbres, hábitos y sentimientos morales compartidos. Mucho antes de que se hablara de capital social o de que aparecieran los economistas neoinstitucionalistas, Tocqueville ya sabía que la mejor Constitución no puede compensar una ciudadanía desentendida del devenir de su sociedad. En 1845, reflexionando sobre la situación política de Francia, escribió unas líneas que podrían suscribirse hoy sin apenas retoques: «No son las leyes las que conservan la ley, son los sentimientos y las costumbres . ¿Qué ha sido de los sentimientos a los que han dado vida nuestros padres? ¿Dónde están las costumbres políticas que les han hecho fundar las instituciones que nosotros sabemos emplear tan mal?». La pregunta no interpela solo a Francia ni a Estados Unidos. También resuena, aunque a veces no queramos oírla, en democracias más jóvenes, pero no menos cansadas, como la nuestra. A Tocqueville le preocupó especialmente la tiranía de la mayoría y ese despotismo «suave» que se impone en una sociedad de individuos aislados, volcados en su bienestar privado , que aceptan sin demasiada resistencia una tutela creciente del poder público. No se trata de represión, sino de infantilización. El ciudadano se convierte en administrado. Y los pilares de la libertad, tanto los institucionales como los culturales, se ven poco a poco socavados. Hay algo inquietantemente contemporáneo en esta descripción. Democracias saturadas de derechos y empobrecidas en deberes, Estados cada vez más presentes y sociedades cada vez menos densas , ciudadanos muy informados y poco dispuestos a asumir responsabilidades. Sin duda, el pensador francés habría visto con preocupación la actual sustitución del compromiso cívico por la indignación permanente. «Si los hombres no aprenden en la obediencia más que el arte de obedecer y no el arte de ser libres, no sé qué privilegios tendrían sobre los animales, sino que el pastor sería elegido entre ellos». Esta cita extraída de ' La democracia en América ' nos deja claro que la libertad, para Tocqueville, exige responsabilidad, a saber, autocontrol, participación y asociaciones vivas. Tal vez esa sea la lección que más necesitamos recordar. Porque las democracias no mueren solo cuando nos gobiernan políticos con instintos autoritarios, sino también cuando los ciudadanos miran hacia otro lado o simplemente se quejan. Juan Milián es senador y politólogo