Hay quienes caminan por el Barrio de las Letras de Madrid, inmersos en las pantallas de sus móviles, sin percatarse de lo que acontece a su alrededor. También hay quienes observan los escaparates en busca de sensaciones, ofertas y respuestas. Los que pertenecen a este último grupo, los espectadores de la existencia, pasan por el número 22 de la calle de Fúcar y se detienen, sorprendidos, para mirar a una mujer que vive a la vista de todos. Es Mariam Bustos, una actriz y artista de 24 años, que se ha encerrado voluntariamente durante quince días, sin móvil y expuesta tras un cristal a la mirada de los viandantes. Quiere explorar sus vulnerabilidades, poner su mente al límite. En el proyecto 'Te doy mi vida', la joven fusiona el experimento social con la expresión artística, realizando también actuaciones de performance los jueves, viernes y sábados a las 20.00 horas. Los primeros días, ya lleva cuatro, han sido duros para ella. A través de una misiva, este periódico ha podido hablar con ella para conocer sus sentimientos. «El lunes pasé muy mala tarde, muy estresada y con ansiedad. No sabía donde meterme, pero no llegué a pensar en dejarlo. Supongo que poco a poco me iré adaptando y espero aguantar. No será fácil, pero ahí supongo que estará el aprendizaje», escribe Mariam. Al margen de intervenciones en medios de comunicación, quiere evitar noticias del exterior y conocer la repercusión del proyecto. Sus días transcurren entre libros, pinturas y la observación, a través del cristal, de una vida que pasa sin que ella pueda participar de su vorágine habitual. Dice que la gente parece distraída, que todos andan deprisa. Para ella, todo ha frenado. «No veo que la gente que hay ahí fuera sea más libre de lo que yo soy aquí dentro», recalca. Sobre una mesa de su improvisada casa descansan unos autodefinidos y un cuenco vacío que delata una comida pasada. Alimentos enlatados y en bote, como verduras, legumbres, cacao en polvo y leche son a lo que la sustenta durante este encierro, ante la imposibilidad de cocinar con excesivas complejidades. Sobre la pared, cuatro cuadros, uno de los cuales ha pintado durante estos días. Duerme en un colchón sin somier, rodeada de libros como 'Piensa como un artista' de Will Gompertz o 'El nombre del viento' de Patrick Rothfuss. Cada cierto tiempo mantiene conversaciones por señas con su representante, Óscar Villalobos. Desde fuera, él está pendiente de todas sus necesidades. «La he visto flojita, no le está siendo fácil», asegura sobre los primeros días, aunque la mañana de este martes ha estado «más animada». La artista cuenta que el sentido del proyecto se ha incrementado desde que lo comenzó a preparar hace casi un año: «Está cambiándome a mí por dentro. Por lo tanto, tiene más sentido que nunca», asegura. Dos elementos rompen la soledad contra la que combate. A las largas horas expuesta al escrutinio de los transeúntes se añade el foco digital. Un directo de YouTube, activo en todo momento, conecta a Mariam con sus seguidores de redes sociales, a los que expone sus pensamientos. A su vez, evitar los encuentros a través del cristal es complicado, casi imposible. Tampoco lo pretende. En una ocasión, un joven le dejó un café en la puerta, la misma en la que cuelga un buzón gris en el que, a través de un cartel, invita a quien quiera compartir sus miedos por carta. Cuando no hay nadie, sale a recogerlas. Encontrar el local donde hacer realidad su proyecto distó mucho de ser sencillo. Fueron numerosas las visitas virtuales a los portales inmobiliarios sin conseguir que nadie les alquilase un espacio durante un tiempo tan corto y para un proyecto como aquel. Tan pronto como apareció en escena esta galería, la puesta en marcha fue más rápida de lo que pudieron anticipar y, en poco tiempo, ya estaba envuelta en su encierro. «Es un dinero que no va a recuperar y no está previsto que lo haga», asegura Villalobos. Ese nunca fue el objetivo: «Realiza el arte, lo que le divierte y le motiva, pero no le importa ver los resultados, ni la fama o lo económico. Lo hace por y para ella, no para ganar nada». Por ello y por la elevada exposición, para algunos familiares y amigos fue un proyecto difícil de comprender. «Su madre es la que más ha sufrido, soltaba lágrimas porque no deja de ser su hija expuesta en un escaparate», señala. La personalidad artística de Mariam Bustos ha convivido siempre con un impulso por sentirse libre: «Y he buscado esa libertad de muchas maneras, algunas poco recomendables». Entiende la libertad como algo sencillo, que implica la armonía entre lo que hace y siente. «En este caso, ahora mismo, me siento libre en estas cuadro paredes», sentencia.