Las mujeres vivían hacinadas en habitaciones de pisos de Palma, Valencia o Talavera de la Reina. Guardaban sus enseres personales en una maleta porque no había muebles de almacenaje. Su vida, lejos de Colombia, su país de origen, cabía en una maleta. La organización que las había traído a España para prostituirlas colocó cámaras de videovigilancia y micrófonos para controlar a distancia su funcionamiento.