Organizado por la Real Academia de Bellas Artes de Santa María de la Arrixaca, ayer se celebraba una mesa redonda —dentro del ciclo ‘Los martes en la academia’— en homenaje al gran escultor, Antonio Campillo. Y se hacía, con la colaboración de la fundación que lleva su nombre, con motivo del centenario de su nacimiento, que tuvo lugar en 1926, en la Era Alta, pedanía del municipio de Murcia, con poco más de tres mil habitantes, que ha pasado a la historia por haber sido el lugar de nacimiento de uno de los grandes escultores murcianos. Un escultor que conservaba el amor por la huerta que admiraba, que continuaba teniendo su estudio en la antigua y bonita casa de sus padres —ese lugar que le vio nacer— y que recibía a la gente abriendo una botella de vino para disfrutarlo con sus visitantes, entre limoneros, olor a azahar y el murmullo de una acequia próxima que le hacía tener presente sus raíces. Y siempre con esa elegancia innata con la que se nace: el pañuelo en el cuello, cabello blanco y el cuido que se notaba en el peinado, que nos hablaba de un hombre coqueto a una edad en la que muchos dejan de serlo, pero que él mantenía con mimo.