La tensión entre el poder político y el tecnológico no es nueva, aunque hoy adopte nuevas formas. La posición de Pedro Sánchez frente a las redes sociales y los tecnooligarcas se ha endurecido en los últimos días, con propuestas para reforzar el control sobre las plataformas en nombre de la protección de los menores y la lucha contra la desinformación. La reacción del sector tecnológico no se ha hecho esperar. Elon Musk ha denunciado lo que considera una deriva intervencionista, mientras Pável Dúrov, fundador de Telegram, ha alertado desde su propio entorno digital del riesgo de que los gobiernos amplíen su influencia sobre la comunicación privada. Una contradicción evidente al lanzar la advertencia mediante un mensaje directo, entrando precisamente en el espacio cuya intromisión criticaba. Esa ambivalencia -cuestionar al poder político desde una posición de poder tecnológico y con prácticas similares- refleja bien el trasfondo del conflicto: la competencia por fijar los límites y mantener la propia influencia.