Nuestra insostenible sociedad de consumo nos ha habituado a un ejercicio banal de la libertad. Basta necesitar un champú, por ejemplo, para emplear diez minutos delante de varios metros de estanterías con docenas de frascos entre los que elegir. Llega a ser agobiante tanta posibilidad de elección. Esta acción cotidiana de elegir constantemente puede llevar a pensar que nadie es dueño de nuestros gustos, que somos libres porque nos lavamos el pelo con el champú que nos da la gana. Y elegimos lo que nos gusta, claro, es nuestro gusto personal lo que nos determina. Porque gusto tenemos todos. O eso creemos. Así como la mayoría está dispuesta a aceptar que conocer el criterio de un experto antes de adquirir algo es una actitud inteligente, y de hecho la publicidad sigue explotando la idea de «ocho de cada diez expertos recomiendan…», pocos aceptan que en el arte también hay entendidos cuya opinión puede ser más valiosa que la tuya.